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W.N. Herbert |
No. 37 / Marzo 2011 |
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W.N. Herbert |
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Monte Ávila, “the whale’s roof” Time to be climbing out of time as the wild city rates it, receding from the cable car rising from Caracas into the marriage of leaf and mist: a great ship composed of greying droplets is docking at the summit of Avila and Argelia and I must get there before its rain-crew disembark and birdsong resiles into its respective throats. But first the child in a Cuban forage cap must cry ‘no amo caer’ and her mother must laugh, whether we fall or not, and each tree beneath our swaying feet must fill a bell-tower built from fog with its shaking carillon of hangdog leaves which dream of becoming second-hand books laid on the pavement in the Parque Central: World Poetry for Dummies, La Prisión de la Imaginación. We leap from the cradle and into the haze, pass among the sellers of arepas and melocotón along the path stretched like a sagging clothesline between the sweating cold palms of the fog past the dogs that guard these heights from the piratical stars, the thieving galaxies. We pass by the blind dejected telescopes and approach the colossal, mostly-obscured, mist-broken column of the Humboldt Hotel. It’s only as we stand beneath the topless trees pissing down their panicking legs, waiting for the piano bar to open, that I realise an invisible horse has been following me for some time – translucent notes hanging from its eyelashes betray its presence, truculent and shy as always, summoned by helados and bullets wrapped in handkerchieves, by the thighs of mangoes. And it’s only as the mist clears and unclears like a sea rendering up its depths, its dead, its patient staring inhabitants, and the horse and Argelia and I drink beer in the English Bar, even though we’re so cold and the bar is not even sub-mock-tudor, that I understand the world is the wrong way up, that mountaintops protrude into Lethe and that we are in the grip of a devilfish. As if to confirm this conclusion a host of devilbirds flash their unknown yellow tails in Vs and display the nerve-coloured blue of their breasts and begin to converse in a cluttering language only sailors of these dimensions could have devised to be understood by those beings eager to pass among the stars without questions. Of course it is already dark as a horse and we look down upon the city giving birth to hours. Monte Ávila, “el techo de la ballena” Hora de internarse en el más allá como lo cataloga la bárbara ciudad, alejándonos del teleférico que sube de Caracas al matrimonio de hojas y de vaho: un gran barco de gotas grisáceas se haya anclado en la cima del Ávila y Argelia y yo hemos de llegar allí antes de que la tripulación de lluvia desembarque y el canto de los pájaros se estrague en sus gargantas. Pero antes el niño de la gorra cubana ha de gritar “no amo a caer” y su madre ha de reírse, nos caigamos o no, y bajo el mecerse de nuestros pies los árboles han de llenar sus campanarios de niebla con un tambaleante carillón de hojas mustias que sueñan con volverse libros de segunda mano depositados en la acera del Parque Central: Poesía Global para Mudos, La Prisión de la Imaginación. Brincamos de la cuna a la bruma, pasando entre vendedores de arepas y melocotones por una vereda que se estira como tendedero pandeado entre las sudorosas palmas frías de la niebla más allá de los perros que cuidan estas cumbres de las estrellas piratas, las ladronas galaxias. Dejamos atrás los ciegos telescopios arrumbados y nos acercamos a la colosal columna del Hotel Humboldt, rota por la bruma, medio a oscuras. Y es sólo al estar bajo los árboles sin copa meando entre sus apanicadas piernas, a la espera de que abra el piano bar, cuando me doy cuenta de que un caballo invisible me sigue desde hace un rato — notas translúcidas cuelgan de sus pestañas traicionando su presencia, tan truculenta y tímida como siempre, atraída por helados y balas envueltas en servilletas, por entre las piernas de los mangos. Y es sólo cuando la bruma aclara y no aclara como un mar que entrega sus honduras, sus muertos, sus pacientes habitantes atónitos, y el caballo y Argelia y yo bebemos cerveza en el English Bar, a pesar del frío que hace y de que el bar ni siquiera llega a falso tudor, cuando entiendo que el mundo está al revés, erróneamente, que estas cumbres irrumpen en el Leteo y que somos presa de una manta raya diabólica. Y esto me lo confirma una hueste de endemoniados turpiales que relampagueando sus desconocidas colas amarillas en V y desplegando el azul nervio de sus pechugas comienzan a conversar en una lengua trabada sólo divisable por marineros de tal dimensión, capaces de comprender a estos seres ansiosos por cruzar las estrellas sin una pregunta. Y claro, ya se ha hecho oscuro como un caballo pardo y miramos abajo a la ciudad dando a luz a las horas. |
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