Coral Bracho
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HUELLAS DE LUZ
HUELLAS DE LUZ
HUELLAS DE LUZ
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HUELLAS DE LUZ Peces de piel fugaz (1977) {play}www.archivopdp.unam.mx/media/coralbracho-pecesdepielfugaz.mp3{/play} Peces de piel fugaz El borde es una boca finísima, una escisión aguda y deslumbrante —el negro como una forma de luz que marca orillas, espacios entorpecidos, fuegos limítrofes—. A medida que avanzo el agua cambia. La fiesta estaba impregnada de pequeños monos inabordables. Alguien incrustó sobre el lodo una estructura cuadriculada de ramas huecas y fue como abrir un espejo a las ansias de nado. Todo se esparce en amarillos. Los monos saltan. Antes, cuando miraba el tiempo como se palpa suavemente una seda, como se engullen peces pequeños. El sol desgajaba del aire haces de polvo. Es un espacio abrupto pero preciso, a partir de entonces los árboles. Hacia abajo las ganas irrefrenables. Los monos, como dijeron todos, eran salvajes; cuerpecillos tirantes y amarillentos. El juego era portentoso, desarraigado; las manos llenas de lodo. El agua brilla, pez lento y adormecido; en sus ojos la noche es un impulso vago y oscilatorio. Pero empezar aquí con el consuelo de ver a todos enardecidos, y mirar de improviso sus dedos híbridos, infantiles. Vocecitas hirvientes que revientan desiertas. Al margen hay un abismo de tonos, de nitidez, de formas. Habría que entrar levemente, oscuramente en ese instante de danza. Hay una grieta aquí, en este lapso. En la cueva las raíces se adhieren con fanática astucia, las ramas se desdoblan con gracia. Es en vez de morder la espesura reciente, o separar las sombras —espumosas y leves— con un esguince de fauno. De cerca, llueve. Atrás los paraguas se extienden sobre las olas. Los hay de colores lentos y de formas hirientes. Las horas se arremolinan. Y tengo fe, porque así como dicen de los estanques. Pequeños peces de hiedra tornasolados. Había gatos, insectos, tigres; y cuando quisieron abrir las puertas, y todo, desde el templo de entrada estaba concentrado en dos líneas; dos fragmentos de feria. Bailan en las orillas. Y retroceden, porque asomarse es la atracción sin muelles. Donde apoyar la calma de mirar desde lejos sin arriesgar el tacto. Son alusivos los desenlaces. Las sombras se abren a veces lentamente. Región umbral de nostalgias reblandecidas, de palabras limpias y secas. Pero es la tierra de sal. Nadie que vuelva o que mida. Agua que drena en la certidumbre y en el olvido remansos breves de mar. Queda entonces tan lejos. Y sus manitas flacas y frías como una aguda destreza emergida de espacios inexpugnables. De aquí, los troncos y la maleza brillan su nitidez intacta. Virgen que exhala una cadencia tibia y ensimismada. Los peces saltan. Los monos saltan. En el fondo la luz se angosta y los cuerpos empequeñecen. Entonces se desprende la asfixia; una sed amplia y albuminosa. Beben pausados sorbos de té. Y si uno hunde la cara para ver más de cerca. También rastrearon las carpas. El circo; toda la orilla era como un incendio, los animales se escurrieron en zanjas y plataformas. Para sostenerse, tal vez. Lo difícil. A veces sus irrupciones abren un espacio naranja. Es hermoso palpar entonces las aguas. El cielo se reconcentra en azules profundos. Los verdes crecen hasta tocarlas. Estira sus bracitos elásticos en un giro aliviante. Las raíces inhalan. Basta deslizar poco a poco los dedos sobre las rocas para saberlas lisas y despobladas. Árboles de cristal. Y es el instante de inusitar la lancha por la quilla y deslindar el filo. Los dedos largos y finos. Sus ojos límpidos. Este estupor de seda que se derrama. Pero empezar aquí. La fiesta -sombra finísima- lenta. De la cueva se desprenden sus voces como suaves racimos. Piedras jugosas. Desde el zumo del circo. Y es el instante; pero empezar aquí. Sus ojos ávidos, insondables. En los bordes los gestos, las voces, las aguas cambian. Peces de piel fugaz. {play}www.archivopdp.unam.mx/media/coralbracho-dejaqueesparzansuhumedad.mp3{/play} Deja que esparzan su humedad de batracios He ido cerrando, una a una, las puertas; las ventanas están urdidas de hiedra, de arena fina; en los pretiles se acumulan las aguas. Casa de lirios y brebajes ocultos, de patios hondos. Pequeños charcos de luz donde crecen y cohabitan los gansos y las retamas. Sauce de tierra fría. De aquí los volcanes, las caudas, los desvarios. Frágil cerco la arena de los destellos; Humo denso las llamas. Entre paredes el trazo débil de los recuerdos, la incisión de los grillos. Como una oscura tajada a mitad El tiempo, de pronto, se arremolina; deja pasar esa presencia anfibia, esa cauda imprecisa por los canales, por los esteros, por las orillas. Deja que se desborde. En los portales, como ruido de cobre, como risa de niñas, los colores responden. Las luminarias en los umbrales. Los tordos bajan al polvo; los loros gritan y encienden las estancias, el aire; en sus jaulas de alambre, en sus redes de alcándaras y ramajes. El licor del estío; el aroma incisivo del heliotropo. Bajo las tablas, el temor y la calma. Deja que pasen, deja que inunden con su sombra imprecisa los resquicios, las fuentes, los piracantos, deja que impregnen su ansiedad de batracios en las baldosas tibias. Savia de lirios. Como una oscura tajada. Las tardes brotan de los vapores en la terraza; las noches mecen la flama. De aquí, los arcos, los algarrobos y los delirios.
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