![]() US Latino Poets en español
Por Xanath Caraza
Copatrocinado por el Smithsonian Latino Virtual Museum |
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No. 67/ Marzo 2014 |
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US Latino Poets en español
Por Xanath Caraza
Copatrocinado por el Smithsonian Latino Virtual Museum |
------------------------------- Juliana Aragón Fatula es una poeta que no se queja con su poesía sino que habla con la verdad, aún si esa verdad ha sido celosamente guardada por muchos años. Su poesía es una poesía confesional, dura en ocasiones, que refleja tanto un contexto social marginal como la diversidad racial de la poeta. Aragón Fatula además de ser latina es parte indígena y comparte en su poesía esa experiencia, la de haber vivido en una reservación indígena en los Estados Unidos. En la poesía de Aragón Fatula se oye la perspectiva de las mujeres. Sus poemas son poemas de la diferencia formada por la marginalidad, ya sea de clase social o de roles de género. Son voces fuertes, encendidas, que observan, dicen lo que ven y en ocasiones gritan lo que perciben; como cuando es testigo de la pobreza o de un niño que es arrastrado por las drogas. La poeta registra su verdad en las páginas. En el poemario Crazy Chicana in Catholic City es la voz como testigo de la poeta que nos lleva de la mano a través de tres secciones donde primero las mujeres hablan, luego los hombres, a manera de yin y yang latino, para finalizar con una tercera sección donde la naturaleza reconcilia a los opuestos. Aragón Fatula escribe principalmente en inglés y en ocasiones mezcla dichos, palabras, versos completos en español en sus poemas. La fuerza de su poesía radica en las verdades guardadas, secretos de familia, cosas que no se deben ni siquiera de pensar, pero que ahora, en sus versos, salen a la luz. Para esta ocasión he seleccionado los siguientes poemas del poemario Crazy Chicana in Catholic City, La primera mujer en ver la luna, el día de muertos y Un héroe americano real. A continuación mi traducción de estos poemas. La primera mujer en ver la luna Se escondía en la luz. La primera mujer en ver la luna lloró: sangre se deslizaba por su muslo. La luna la engañó, la sedujo, brilló, tocó su lado oscuro. Sus lágrimas, la marea primera, crearon los océanos. el día de muertos Entonces dijo, “Déjame mostrarte algo”. Y me llevó a la cocina, sacó harina, sal, manteca e hizo masa. Comenzó a amasarla con sus ancianas y callosas manos, manos que ya han trabajado en el campo por cuarenta años. Aventó la tortilla al aire; aterrizó en una plancha, mágicamente se fue tostando, primero amarillo después más oscuro con manchitas blancas. La volteaba en el aire una y otra vez entre sus manos y susurraba: “¡caliente, caliente, caliente!” huele y sabe como el amor. Una vez me dio un beso en la mejilla tan ligero que el beso anduvo por el mundo y regresó años más tarde para sorprenderme. Construí un altar con calaveras de azúcar, fotos de papá, las calaveras con sombreros, huaraches, sarapes rojos, verdes y blancos. Bailaron, tocaron flautas y guitarras. Una vestida como la novia, otra como el novio. Las flores de papel crepé eran el viento. Las velas guiaban en el oscuro camino a los espíritus. Salvia y pasto dulce ardían. La Virgen de Guadalupe tendía sus manos, con su vestido salpicado de lunas y estrellas, a sus pies, rosas rojas. Al centro del escenario un vaso de cerveza, frijoles en la cazuela, chile verde y una tortilla. Celebré la muerte, bailé con los muertos. Honré las tradiciones de antes. Un héroe americano real Conocí a mi nieto cuando tenía doce meses. Su mamá tenía catorce. Nació en San Francisco. Es moreno como yo pero su pelo más claro que el mío, como el color del barro aquí en la reservación. Es un niño de la tierra con ojos rebosantes de ésta cuando ríe es como lluvia en el desierto. No había extraños para él: sonreía con los ojos. Cuando tenía cinco años se paró frente a su casa y pedía a todos los que pasaban un centavo. Mendigaba todo el día, tenía grandes planes. Podía nadar contra corriente como la trucha arcoíris, con brazos como aletas, piernas rápidas y feroces. De adolescente nadó en el lodoso río en el verano. Cada año algún chico se ahogaba; salvó a unos cuantos. Era un héroe, salvaba gente todo el tiempo. En la preparatoria, se sentaba en el parque y preguntaba a todos los que pasaban, “¿Te las quieres tronar?” Vendió suficiente mota para comprar un boleto de ida a San Francisco. Fue a buscar a su padre, dijo que iba a darle una paliza pero no lo hizo. En lugar de eso, se emborrachó con él. Su padre sacó su cinturón un día, lo abrochó fuertemente alrededor de los bíceps de mi nieto y ensartó una aguja en sus venas. Mi nieto quema la secuencia de marcas con un fierro caliente para etiquetarse con vergüenza. Está lleno de cicatrices. Oramos por la lluvia. Vino a casa un día. Se veía viejo, como un perro viejo. Echó suavemente sus brazos alrededor de mi cuello; me miró profundamente a los ojos por mucho tiempo. Nariz larga, sólidas cejas de barro, grabadas en granito, en caoba, en lava; adornadas con plumas, zorro blanco, astas de venado, piel y cuentas. Azteca, maya, anasazi. Él ve hacia el cosmos, baila a través de las olas, el fuego, la luna. |
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