|
Una fórmula
Atanor. Notas sobre poesía
Por Francisco Segovia
|
Mi padre sacaba mucha miga de este chiste. Decía que el chiste de este chiste, como el de muchos otros, es que resulta absurdo, pero que si nos hace reír es porque lo absurdo, lo ilógico, puede tener sentido a su manera. En su resumen, la formulación era sencilla: no es lo mismo el café sin leche que el café sin crema. Me dijo esto una mañana, y yo —que entonces preparaba un examen de matemáticas para la escuela y tenía fresca la materia—, me pasé la tarde averiguando cómo funcionarían en ese caso la propiedad distributiva, la conmutativa, etc. No recuerdo a qué conclusiones llegué, pero sí la fórmula de donde partí: A + B – B ≠ A + C – C. Es una premisa que siempre ha dejado fríos a mis amigos matemáticos, pero también a los lingüistas. A mi padre y a mí nos parecía interesante, y creíamos que con esa “matemática cualitativa” se podrían describir algunos hechos de la lengua, pero nunca tuvimos eco. La fórmula pronto desapareció de nuestras conversaciones. Quizás, en efecto, era absurda. |
Publicaciones anteriores de esta columna |
No. 68 / Abril 2014 |
|
Una fórmula
Atanor. Notas sobre poesía
Por Francisco Segovia
|
Mi padre sacaba mucha miga de este chiste. Decía que el chiste de este chiste, como el de muchos otros, es que resulta absurdo, pero que si nos hace reír es porque lo absurdo, lo ilógico, puede tener sentido a su manera. En su resumen, la formulación era sencilla: no es lo mismo el café sin leche que el café sin crema. Me dijo esto una mañana, y yo —que entonces preparaba un examen de matemáticas para la escuela y tenía fresca la materia—, me pasé la tarde averiguando cómo funcionarían en ese caso la propiedad distributiva, la conmutativa, etc. No recuerdo a qué conclusiones llegué, pero sí la fórmula de donde partí: A + B – B ≠ A + C – C. Es una premisa que siempre ha dejado fríos a mis amigos matemáticos, pero también a los lingüistas. A mi padre y a mí nos parecía interesante, y creíamos que con esa “matemática cualitativa” se podrían describir algunos hechos de la lengua, pero nunca tuvimos eco. La fórmula pronto desapareció de nuestras conversaciones. Quizás, en efecto, era absurda.
El caballero y su doble (México, 29/03/2006)~ En la literatura artúrica hay al menos dos historias que sirven como alegorías del abismo que se abre entre el signo y la cosa. La primera cuenta cómo Morgana engañó a su hermano, Arturo, para quedarse con la vaina de su espada, que era una vaina mágica. La segunda cuenta cómo Balín, el Caballero de las Dos Espadas, perdió el Grial tras matar a otro caballero de naturaleza doble: Garlon, el Caballero Invisible. De un pasaje de esta historia me he ocupado ya en un ensayo sobre vampiros (“Morir dos veces”, en Invitación al mito), pero no estará de más revisarla a la luz de estas notas.
—Caballero, ¿qué miras así? Por vergüenza, come tu vianda, y haz lo que has venido a hacer.
Éste es el acto que responde literalmente a una demanda, el púrpura reducido a “pelo mojado en sangre de marisco”. Balín hace en efecto lo que fue a hacer, por más que lo que Garlon quiere decir con su frase es que haga lo que se supone que hace la gente en una fiesta: comer su vianda... Pero Balín le toma la palabra, traicionando susentido y devolviéndola a su cruda literalidad.
Cuando mata a Garlon, a Balín lo asiste la razón, no la buena fe. Sin embargo, sus actos resultan ser los más convenientes, dado el rival que tiene enfrente. Lo digo porque el nombre de Garlon tiene seguramente el mismo origen que las palabras que se usan en francés y en inglés para designar al hombre-lobo (loup-garou, warewolf) y su doble muerte remite al motivo del vampiro. Garlon sólo podrá morir de veras cuando muera también simbólicamente; cuando la estaca le clave el alma al cuerpo, cuando lo devuelva a su literalidad. Balín tiene razón: ésta es la única manera en que el nombre parece volver a fijarse a su objeto: como leyenda sobre la lápida de un despojo... No deja de sorprender que Peleas, el custodio del Grial, sea hermano de Garlon, el Caballero Invisible. Pero ¿podría ser de otra forma? Al parecer, todo hombre poderoso tiene un “hermano incómodo”. Al rey bueno le corresponde un hermano malo, como a Balín le corresponde Balán; y a Arturo, Morgana. Entre esos dos polos se suspende la palabra, nunca por completo libre de su atadura material, pero nunca esclava de ella; nunca del todo independiente de su definición, pero tampoco esclava de ella. Lo que ata a los gemelos es un lazo que debe deshacerse y dejarse caer; que se lo lleve el viento, que lo arrastre la corriente, que se aleje en la distancia, el tiempo y olvido... La espada que Merlín deja hincada en la piedra flota en un río. Flota en “l’agua fría” del Leteo... |