Manuel Espinosa Sainos. Lengua totonaca
Por Kalu Tatyisavi |
Considero que en lenguas originarias, la característica y preocupación primaria que tienen los poemas es su ‘decir’, en tanto que tratan de expresar desde la lengua, buscan la utilidad de lo olvidado y de lo marginado; la segunda preocupación es que tratan de sacudirse la pena con que viven al ser diferentes e incomprensibles para el ‘otro mayoritario’. Bajo estas dos vertientes persisten dentro del espectáculo y el folclore, más que en una preocupación y atención real. |
No. 70 / Junio 2014 |
Manuel Espinosa Sainos. Lengua totonaca Por Kalu Tatyisavi |
Considero que en lenguas originarias, la característica y preocupación primaria que tienen los poemas es su ‘decir’, en tanto que tratan de expresar desde la lengua, buscan la utilidad de lo olvidado y de lo marginado; la segunda preocupación es que tratan de sacudirse la pena con que viven al ser diferentes e incomprensibles para el ‘otro mayoritario’. Bajo estas dos vertientes persisten dentro del espectáculo y el folclore, más que en una preocupación y atención real. El origen reciente de esta literatura es el inicio de los años noventa. Si en lengua castellana existen muchas mafias literarias, qué decir de estas lenguas, si el único grupo que se conformó entonces se asigna las poquísimas publicaciones, viajes, presentaciones, invitaciones, lecturas, talleres, determina jurados, ocupa puestos burocráticos, concede y recibe premios por trayectoria −preponderando todo esto por encima de la creación, lo cual acentúa el paternalismo y la lástima generalizada. Así fue el origen y así sigue siendo. Cuando se vive dentro de este contexto no se da uno cuenta o no le importa, que se escribe de una manera light y acrítica, se olvida la realidad social circundante. Con un mínimo de conocimiento literario y de sentido crítico, cualquiera comprobará lo que digo. A la par, y así siempre sucede en México, aparece un boom de instituciones burocráticas; aunque ninguna se dedica de manera exclusiva a la literatura, sí se reivindican las lenguas y, con ello, parcial y forzadamente, su escasa literatura. En contraparte, los poquísimos poetas que existen deben ser mucho más que eso y se vuelven como Manuel: promotores, traductores, profesores, investigadores, etcétera. Sin embargo, no todo está perdido con relación a los escritores y las obras: primero, porque es válida la aseveración de José Carlos Mariátegui quien dice en sus Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana: “La obra maestra no florece sino en un terreno largamente abonado por una anónima u oscura multitud de obras mediocres”. Segundo, porque efectivamente, han surgido un par de poetas que valen la pena. Y tercero, porque la verdadera poesía, como siempre, aparecerá fuera de este círculo y ambiente, es decir, en la orilla y al margen. En este contexto se ha desarrollado la poesía de Manuel Espinosa, quien se maneja entre los estados de Puebla y Veracruz, y ha publicado su libro más reciente Kxa kiwi tamputsni / El árbol de los ombligos (Gobierno del Estado de Veracruz, Centro de Artes Indígenas, 2012). En los estados de Puebla, Veracruz y Chiapas, donde se hablan varias lenguas, por lo menos aparentan que existe trabajo literario, desde la lengua; pero en el estado de Oaxaca, donde se habla el mayor número de lenguas originarias la labor literaria es mínima y falsa. Escribir sobre la lengua misma, hacer de ella metapoemas es una tentación, una necesidad, una parquedad; la mayoría de las veces son panfletos −me viene a la mente Cuando se muere una lengua, de León Portilla; ante esto nos preguntamos, ¿dónde está el lenguaje resignificado del poema, la alteridad, la posibilidad estética o el juego desde sí mismo? Espinosa hace lo mismo en su poema Mi lengua, pero intenta practicar un lenguaje figurado: “Mi lengua/ quiere ser un ramal,/ un dulce en la boca de los niños,/ la tortilla que alimenta el corazón vacío,/ mi lengua es la madre que me vio nacer.” Aquí no se propone nada más que dejar que los versos fluyan, y cortarlos donde cree que ha sido suficiente. Manuel Espinosa habla sobre la muerte, con la visión de las culturas originadas desde el Anáhuac; veamos algunos versos del poema Los muertos no se marchan: “Los muertos no se marchan,/ se aferran a la tierra que los vio nacer,/ despiertan convertidos en cempaxúchitl,/ son cantos entre las ramas de los árboles.” La muerte es reintegración, reincorporación, pues sabe desde su adentro que no existe el paraíso bíblico. Su poema Sin título es breve e irónico: “Por contemplar tus ojos,/ al cruzar la calle,/ mi sombra fue atropellada/ por un amor que pasó volando.” ¿Busca plasmar la fugacidad de la vida y el encantamiento como ceguera? Ser poeta es sufrir una maldición, tener malicia y necesidad, verlo de otra forma es un engaño; pero hablar de estas lenguas sin referirse a su historia, a su cultura y a la marginación social en que viven —hoy a nivel mundial por el neoliberalismo—, es mentir, falsear. Por eso el crítico literario Felipe Vázquez dice: “La poesía no es una especie de música ambiental, dialoga de modo crítico consigo misma, con su tradición y con la historia.”
Kin tachiwín Kin tachiwín Kin tachiwín Kin tachiwín Kin tachiwín
Mi lengua Mi lengua Mi lengua Mi lengua Mi lengua
Niní ankgoy ninín Niní ankgoy ninín, Katsikgoy pi pkalakalipuwankgoy nakú Niní ankgoy ninín, Kgalhkgalhikgoy staknanín ninín, Niní ankgoy ninín
Los muertos no se marchan Los muertos no se marchan, Saben que detrás de las montañas Los muertos no se marchan, Esperan a los que se dicen vivos, Los muertos no se marchan,
Nitu xtakuwaní Xlakata kaks klakpiuxilhn
Sin título Por contemplar tus ojos, |