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No. 75 / Diciembre 2014-Enero 2015 |
El niño en el voladero, de Alfonso Reyes
Yo no conocí en mi infancia sombra, sino resolana. ![]() Cada ventana era sol, cada cuarto era ventanas. Los corredores tendían arcos de luz por la casa. En los árboles ardían las ascuas de las naranjas, y la huerta en lumbre viva se doraba. Los pavos reales eran parientes del sol. La garza empezaba a llamear a cada paso que daba. Y a mí el sol me desvestía para pegarse conmigo, despeinado y dulce, claro y amarillo: ese sol con sueño que sigue a los niños. Un cubo de agua al sol lanza un reflejo, telaraña de luces tembladora; la mano se hunde con placer y agita el baile del espectro sobre el muro. Esto es la “vieja-lira”. El nombre se lo daban los humildes, la servidumbre y la cocina. Hacer danzar la “vieja-lira” era un juego favorito para las horas muertas –¡vivas! – en que el niño es más niño, sin contaminación de personas mayores, esos estorbos a la poesía, aguafiestas gruñones. ![]() |