No. 82 / Septiembre 2015



Homenaje a Ulalume González de León


La dificultad del plagio, Víctor Manuel Mendiola
Ulalume y el riesgo del lenguaje, Diego Alcázar



La dificultad del plagio
Por Víctor Manuel Mendiola

¿En qué consiste la originalidad de Ulalume González de León, hija de la famosa Sara de Ibáñez —de quien Neruda dijo que era “grande, excepcional y cruel poeta”— y del menos conocido, pero no menos exigente, Roberto Ibáñez?

Podríamos decir que lo que hace notable la obra de Ulalume González de León es, por un lado, la rigurosa operación formal de sus textos y, por el otro, el tratamiento intelectual e inteligente de percepciones y pasiones. Sus poemas nos pueden dejar a veces una sensación de sencillez demasiado pulcra o incluso de cierta excesiva ligereza, pero la lectura atenta descubre que nada falta —incluso las “suciedades”— y que todo pesa o que todo tiene un sentido exacto y profundamente humano —en contra de lo que podría pensar un lector sentimental. En un poema en serie, que originalmente se llamaba “Telegramas”, González de León rescribió, con pasión y buen humor, dirigiéndose al amigo poeta:

Tienes la edad del mundo
y ni un minuto menos.
Pero te ves más joven.

Este mini-poema, en realidad un haikú, aborda, en un juego de sumas y restas instantáneas y sin remilgos, el estar viejo, y hasta regatea no perder “ni un minuto”, pero en el heptasílabo final introduce con coquetería la juventud pionera. En esa misma serie (fragmento 6) había escrito en la versión de 1973:

Muchacha desnuda
te voy a escribir
un poema guante.

 La versión de 2001 dice:

Amigo desnudo:
te voy a escribir
un poema envolvente.

Mejor la primera versión, que es más sensual y cínica. En la poesía de González de León, la limpidez del lenguaje traspasa la opacidad del mundo. Hay una conciencia de que la razón es un mejor punto de vista para indagar los sentimientos. La conciencia revela la geometría invisible que hay en las cosas, lo que Paz llamó, al hablar de esta poeta, “geometría aérea”. No en balde, González de León tradujo Alicia en el país de las maravillas y practicó a lo largo de su vida juegos de lógica, matemáticas e imaginación, que llevó a la poesía en aquella sección deliciosa de la revista Vuelta, “La vida aleve”. En muchos de sus poemas reunidos en la obra casi completa de González de León, Plagio, sentimos la acción de un proceso mental férreo que crea precisas esferas irreales; y sentimos además un proceso de despejamiento que ocurre a través de igualdades que arrancan de la simplicidad y se vuelven complejas progresivamente, aunque sin abandonar nunca la elegancia de una ecuación bien desarrollada. En “Contar un cuento” leemos:

En el país de Irás y No Volverás
donde los relojes marcan el invierno en punto
y sólo en tu memoria habría primavera
si tuvieras tiempo de recordar,
pero sólo hay tiempo para buscar a la reina Blanca.

 En este poema, que de alguna forma recuerda a Darío y Nervo, los versos se transforman en las proposiciones opuestas de un universo coherente, donde un juego casi “matemático” crea una jaula de blancura. González de León respeta estrictamente las reglas de su artefacto. Por eso al final del poema, después de haber repetido que “Se sabe poco de la reina Blanca”, afirma:

Se sabe poco de ella,
pero no necesitas más para buscarla.
Ni necesitas más para no encontrarla.

González de León no ha creado una poesía para ver —como dijo Paz. Más bien nos muestra cómo la realidad puede modificarse con las proporciones de otra geometría.

No deja de ser significativo que en la generación de poetas a la que pertenece González de León, las mujeres escribieron una poesía no solo precisa sino también concisa. Este es el caso de Idea Vilariño e Ida Vitale, y, en sus mejores poemas, de Blanca Varela; y no lo es en el caso de Olga Orozco. Esta característica cobra un plusvalor si pensamos que la mayor parte de los poetas de la generación de medio siglo escribieron poemas inflados y difusos. Claro que entre los hombres la excepción serían Juarroz y Zaid. El valor de la precisión y de la concisión de González de León quizá proviene de que ella escribe desde la modernidad, en especial desde Mallarmé, pero también desde una eficacia clásica donde el lector puede escuchar una inteligencia chispeante, burlona y elevada. En ella están Shakespeare o Sor Juana Inés de la Cruz.

Es en los poemas de madurez —ausentes en la edición de Plagio— donde mejor podemos apreciar la perfección que ha alcanzado la poesía de esta poeta. En un poema publicado en marzo-abril de 1996 en la revista Cuadernos hispanoamericanos, “Alejandrinos blancos para un nadador en cierne”, escribió:

clavarse en la piscina, nadar, nadar, nadar
como desesperados 60 metros: sólo
entonces no sabremos dónde comienza el agua
ni dónde el cuerpo. Y en prenatal tibieza
y flotantes abrazos, lentos celebramos
nuestro primer encuentro de edénicos delfines
aunque los submarinos besos sepan a cloro.
Y juro que no habrá resfriados, querido:
uniendo grandes toallas a malos pensamientos.

Ulalume González de León se lee poco y no se le ven seguidores. No está fácil emularla. Una poesía tan perfecta, “transclásica” y hermosa, que vuelve oro el robo, debería tener múltiples secretos admiradores y despertar extrañas manías entre los buscadores de perdidas maquinarias irreales. Pero quizá es pedir mucho en el degradado mundo sentimental de la poesía nueva.