No. 88 / Abril 2016


Poesía y política



El mundo perdido


por Jorge Aulicino

 

 

La Ciudad me es ajena;
ella surge del vacío;
tu destino ha sido distinto
y conducida por la mano de Él, la has hecho tuya

Pier Paolo Pasolini


Es posible que Florencia haya sido el centro de la civilización occidental al menos en dos momentos, y seguramente en uno. Los vestigios del primer momento, en el que Dante Alighieri fue uno de los priores de la ciudad mientras su cabeza comenzaba a concebir el Infierno, no son escasos: la casa que fue de Alighieri, o al menos una parte de las paredes, hoy restauradas y convertidas en sostén de imágenes y textos que reproducen libros y blasones; una cama semejante a la suya en el ático, tal vez. El fabuloso Duomo o Iglesia de Santa María del Fiore, en mármol blanco, verde, rosa. A media cuadra de la casa de Dante, la mínima iglesia en la que, se dice, tres acontecimientos fundamentales de su vida se produjeron: la primera o segunda vez en que vio a Beatriz Portinari; su casamiento con Gemma Donati; el entierro de Beatriz. Allí, una mendiga nos indica cuál era la tumba de Folco en la que presumiblemente estén los restos de su hija Beatrice. Sobre esa tosca lápida un cesto recoge papeles, mensajes a la muerta... Como si fuera una santa, o como si todos supieran, incluida la mendiga, que Beatrice fue bella, sabia, milagrosa, y está en uno de los lugares más altos de la rosa mística en el cielo de Dante. O en el Cielo sin más.

Del otro grande momento de Florencia los testimonios abruman.

La galería Uffizi, palacio de la magistratura, convertido luego en depósito del increíble tesoro de arte de los Medici, es apenas parte del enorme botín cultural que acumuló la ciudad en los años del Renacimiento. Luego está la Galleria dell'Accademia, con el David de Michelangelo Buonarroti; y el palacio de los Pitti, una auténtica grosería en cuanto a acumulación de arte mayor pero sin ton ni son, y de lujos de diversas generaciones y siglos, y...

Todo esto justifica al parecer que Florencia siga siendo el centro de un mundo, pero de un mundo que se diría perdido, vacío, un mundo de ideas vagas, de adquisiciones imposibles, de apropiaciones nunca realizadas por las miles de selfies tomadas bajo el miembro viril de David o contra los mármoles del Duomo.

No se trata de decir que multitudes de japoneses, alemanes, ingleses, norteamericanos, españoles y argentinos pasan delante de una de las obras más bellas del Renacimiento sin verla: el Cristo in Pietà, de Andrea del Sarto. Se trata de que no ven ni el propio David, porque los guías son pocos y el vacío no lo llenan las selfies, ya asumidas como género, sostenidas por bastones ad hoc que les dan distancia; selfies que pueden ser, paradojalmente, de dos o tres, o de un grupo entero. Selfies que gritarán: aquí estoy yo frente a... cri-cri-cri...

El terrible silencio de la civilización suena de nuevo a infierno, de noche, junto a Santa María Novella y la estación ferroviaria del mismo nombre. Una especie de soho amedrentador, pero amable −a veces− cuando se lo trata con amabilidad en alguna trattoria; un submundo que deviene mundo, construido por cafetuchos, fondas, clubes nocturnos, discotecas, hoteles −entre los que se cuenta el Boccaccio−, locales donde se vende kebab, africanos que hablan mal en italiano y venden bastones para selfies o medias, muchachos en Vespa y −diría Carlos de la Púa en el tango Corrientes y Esmeralda− "locas de pris".

Si el turismo −del que todos formamos a veces parte− comprendiera que el arte está hecho de ese silencioso mundo de sombras citadinas; que la Ciudad de Dite está a la vuelta de la esquina y Perseo enfrenta las mil serpientes de la Gorgona en cada sueño del soho florentino −por llamarlo de algún modo− y que no por nada Caravaggio se retrató a sí mismo en la Medusa, el hilo que teje arte y polis, imaginación y política, mito y ciudad, acaso pudiera repararse. Pero la obra de la civilización en cuanto a aislarse de sí misma y confinarnos al autorretrato fotográfico parece casi perfecta.

En ese tejido el vacío de piedad del mundo parece más vital y humano, porque sigue siendo infernal; y más hondo que el estridente mundo de las selfies y el de las miradas de los turistas a cosas que son suyas pero no comprenden. No por incultura: por la a-cultura de la sociedad global; esto es, no la multirracial del soho: la del consumo de Medusas de Caravaggio, Davides de Michelangelo, cristos y cristos y cristos bajados una y otra vez de la cruz; y madonnas que Ascienden para no volver.

 

Florencia, marzo 2016