No. 88 / Abril 2016 |
Lenguas originarias |
Leonel Lienlaf, poemas del sur en lengua mapuche |
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Refiriéndose a México, Fabrizio Mejía Madrid comienza sus Profecías para 2016 de manera irónica, cuestionando la historia, la cultura y los libros oficiales: “Amén de las cosas terribles que se cuenta que hacían los ancestros [los aztecas] no hay forma de saber si eran reales.” Abre el camino de la duda, de la extrañeza, del titubeo; así es el recorrido de la crítica. Quienes piensen que todo está bien, allá ellos; nosotros, como él, dudamos; mucho más de los libros de la historia unívoca con sus celebraciones, celebradas en estos días. En esta misma senda continúa Juan Domingo Argüelles cuando en su columna en La Jornada Semanal, titulada Otro falso Nezahualcóyotl, dice: “En conclusión Nonanizin “Madre mía” es una estafa con que la SEP engañó a los niños, diciéndoles que es de Nezahualcóyotl, cuando, por sus elementales medios y recursos, bien hubiera podido ser de Juan Gabriel”. La cultura popular, la masiva, donde todo cabe, caben los que la aceptan porque es la moda y lo ‘sentimental’. Aquí hemos dicho que no estamos para repeticiones oficiales de la historia, sino en el intento por crear, proponer, cuestionar, en fin, por criticar. Ligar lo social con la poesía, entendiendo ‘lo social’ como lo amplio, −complejo y necesario− y la segunda, más allá de la poiesis. Steiner ha dicho que el crítico parte de una deuda de amor; concordamos en ello y con este sentido, nos acercamos a los poemas de Leonel Lienlaf (Alepué, Chile, 1969), un viejo conocido a través de la red, de donde tomaremos tres de sus poemas. En el segundo poema están la esperanza, la promesa del regreso, el deseo de continuar. Volveré dice: “Vengo de las tierras de Alepue, diré/ avanzo, avanzo/ quiero llegar muy lejos/ más allá del umbral de las estrellas”. El lugar de nacimiento se remarca, ahí se aprendió la lengua y a caminar, a escuchar y a ver. Lo primero que se percibe y se observa es la voz del rededor que se confirma con la de los adultos; lo segundo se descubre desde la realidad cotidiana del entorno. Hay un deseo de ir y venir, de dialogar con lo tangible pero también de conocer más allá del lago y de las montañas, e inclusive más allá del mar y de las ciudades, más allá, para dialogar con las estrellas, la luna y el sol, para conocer sus misterios y para conocerse a sí mismo. Avanzar no significa acumular o tender hacia lo económico, sino dejar la inmovilidad, estar al tanto del espacio, del tiempo y de los otros. Escribir forma parte del testimonio y de la posibilidad, la lectura como canto y el canto como lectura desde cualquier espacio, desde el viaje hacia la ciudad En el poema Palabras de invierno, Leonel señala: “Ahora ríos de lágrimas/ caen desde el cielo/ y los bosques lloran”. Cómo anhelamos descifrar lo acumulado en el adentro, lo percibido y recolectado por los sentidos para que aparezca este decir ligero y fresco. Crítica a lo moderno, a la razón única, al destructor destruido, a la inmediatez que no comprende y no le interesa más que el ahora. En el fondo, es la falta de reflexión, es la pérdida del lugar como seres humanos, en aras de lo material; es desconocer el nacimiento de una planta, el decir de una gota de agua, la música cosmogónica. El poema es el llanto por la caída del árbol, por el desmedido e irreparable silencio, por el descobijo y la emigración forzada de la vida que habita en el bosque. Todo aquel que escribe en alguna lengua originaria ve la pérdida, siente la necesidad de decir sobre su percepción inmediata —aquí la profundidad no es común en todos—, tiene el hambre de deletrear y proponer. Este inmanente deseo de supervivencia personal, comunitaria, pero sobre todo, lingüística, es la parte central de cualquier cultura, pueblo, nación o país, como el mapuche. Al perder la lengua y su etimología se pierde lo imperceptible desde lo hondo, se pierde uno mismo y hacemos perder a los demás, nos desintegramos como parte de la piedra, ese decir incrustado en la dureza que ya no puede interpretarse desde la dureza misma. El país mapuche cuenta con varios poetas que combinan la oralidad precolonial y que ahora escriben, desde estos tiempos, tratando de resarcir. Ya habíamos escrito sobre David Añiñir y sobre Elicura Chihuailaf Nahuelpan. Leonel Lienlaf es el yo lírico y, según sabemos, tiene presencia en premios, lecturas y ediciones de libros bilingües, entre éstos, en 1989 publicó su primer poemario, Se ha despertado el ave de mi corazón; en 1998 realizó un disco compacto, Canto y poesía mapuche. Otro de sus libros publicados es Palabras soñadas de 2001 y Voces mapuches de 2002, su último libro, Kogen, fue editado en 2014 por la editorial independiente Del aire editores.
Mawün mew Ti mawün dunguenew, Ñi piuke ülkantun-femngey
Desde la lluvia Mi corazón es como el canto Ka feipituan Ka feipituan ñi mongelen, Ramtuafin ti antü Alepue mapu küpan pian
Volveré Volveré a decir que estoy vivo Le preguntaré al sol
Pukem Ülkantun Deuma fochoy mapu peñi Wenumapu nagpay Trükürütupiukey kulliñ
Palabras de invierno Ya se ha mojado la tierra, Ahora ríos de lágrimas Es grande el suspiro |
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