No. 86 / Febrero 2016 |
Tienda de fieltro |
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por Miguel Casado |
En algún punto entre el tan conocido comienzo del Manifiesto Comunista –“un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo”– y la falta de realidad que aqueja a la vida contemporánea, encontró Jacques Derrida el impulso que le llevó a publicar, hace ahora veinte años, Espectros de Marx, libro premonitorio, como relato de ciencia-ficción que hablara de nuestro presente. Cuando el dinero o el trabajo parecen haberse vuelto virtuales (y tan reales en su carencia); cuando una crisis Las dimensiones de Marx son múltiples –el teórico y el activista, el filósofo y el político, el economista y el historiador, del que se apropiaron los aparatos de partido y el que guarda su virtud para la revuelta–, quizá desconectadas a veces, intraducibles entre sí. Derrida querría “seguir siendo fiel a lo que ha hecho siempre del marxismo una crítica radical, es decir, un procedimiento capaz de autocrítica”, cortando la tentación de un retorno académico a Marx, de una canonización intelectual que desactivara su poder político. Es una herencia que acoge como responsabilidad y como deuda, llegando a señalar –para sorpresa general, pero no de modo gratuito– “la memoria y tradición marxista de la deconstrucción”, la corriente de análisis a que él dio origen. Conduce Derrida su lectura de Marx en dos direcciones: por un lado, con viva conciencia de inserción en el presente; por otro, buscando su itinerario entre los espectros. Eran los años 90, cuando se hablaba tanto de un “nuevo orden mundial”, imposición de un modelo global único de la política y la economía, mientras la realidad se infectaba con una nueva oleada de “plagas”, cuyo recuento parece sencillamente el de hoy: el paro, un nuevo tipo de paro, “la exclusión masiva de ciudadanos sin techo”, la incapacidad para dominar las lógicas destructivas del mercado, la agravación de la deuda externa, las guerras étnicas, el poder de las mafias y cárteles en una suerte de estados replicantes, la ruina del derecho internacional y sus instituciones, etc. Y la alegría del sistema porque finalmente aquel fantasma temido del Manifiesto comunista dejaba de recorrer el mundo, aunque “un fantasma no muere jamás, siempre está por aparecer y por reaparecer”. Entraban aquí los espectros; en verdad, habían entrado desde el principio del libro, que se abre con las palabras de Hamlet cuando encuentra al de su padre, y con su declaración de que “el tiempo está fuera de quicio”, se ha salido de sus goznes. “Nuestro hilo conductor –dice Derrida– para este análisis que aislará el espíritu del marxismo al que convendría permanecer fiel, disociándolo de sus otros espíritus, sería justamente la cuestión del fantasma”. Porque es figura muy frecuente en Marx y podría recorrerse su obra siguiendo las formas de su asedio: con la voz de Shakespeare, llegan los fantasmas existenciales y psicológicos, el propio debate sobre qué sean; con el Manifiesto y El 18 Brumario, los de la historia y la política; con La ideología alemana –libro espectral él mismo, que tardó un siglo en publicarse, convertido en clásico antes de existir–, los de la filosofía y de la religión; con El Capital, el fetichismo de la mercancía. Es difícil describir este complejísimo tejido en que se traman espectros del pasado y los que anuncian futuro, propios y ajenos, atacados con saña o usados como metáfora de lo nuevo, pues quizá “el efecto de espectralidad” consiste en que se anulan tales distinciones. Esas páginas de El Capital –las mercancías desmaterializadas y convertidas en puro valor de cambio, que hacen fantasmagóricos a quienes las producen– han sido muy estudiadas; pero Derrida ofrece un material denso y múltiple que impresiona por su potencialidad de lectura y de trabajo. Y por su perspectiva para afrontar nuestra vida sin realidad. “Recuperar el espíritu de la revolución –pide Marx en El 18 brumario– sin hacer volver su espectro”. Aunque son palabras –espíritu, espectro– tan cercanas, sinónimas a veces, que querer deslindarlas, piensa Derrida, “va siempre unido a la angustia”. La fuerza, el poder catalizador de su texto radica en la escritura, no solo por su capacidad de tejer tantos hilos, de fundir la crítica literaria con el conocimiento histórico o la energía filosófica, sino sobre todo por el modo peculiar en que el autor pone a pensar a las palabras, las escucha en todos sus latidos, las deja moverse libres. Y no se encamina a cerrar conclusiones, sino a sugerir líneas de pensamiento –tan lejos de esa certidumbre de verdad, típica de cierta tradición marxista–, pues “se plantea –dice– como un ensayo en la noche, en el desconocimiento de lo que queda por venir”. La apertura propicia que el mismo leer se haga ya transformador, no impide la toma de partido: contando con la imposibilidad, no cejar en la búsqueda de formas de lo que puede ser; un trabajo apasionado, de por sí, sin horizonte de espera. Y se trata de un trabajo político, de repolitizarlo todo desde ahí, tal vez con un nuevo concepto de política, que se haga indistinta del deseo emancipatorio. Postula Derrida una “nueva Internacional” y, aunque su forma de caracterizarla pudiera parecer poco concreta, no estaría de más retenerla en la cabeza: “la amistad de una alianza sin institución”, “un lazo de afinidad, de sufrimiento y de esperanza, un lazo todavía discreto, casi secreto, pero cada vez más visible”, para radicalizar la crítica no solo de las injusticias, también de los conceptos (orden mundial, estado, nación, partido...). El exordio del libro, aparentemente desligado del resto, parecería, al cabo, darse por sí mismo: “Alguien, usted o yo, se adelanta y dice: ‘quisiera aprender a vivir por fin’”.
Lecturas.-
* Este texto ha sido publicado en “La sombra del ciprés”, suplemento del diario El Norte de Castilla
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