No. 88 / Abril 2016 |
Blanco Móvil |
“Los primeros pasos”, Eduardo Mosches “Eduardo Mosches y los 30 años de Blanco Móvil”, Ana Franco Ortuño Poemas de Blanco Móvil: Francisco Hernández José Kozer Coral Bracho Eduardo Casar Gerardo Deniz Eugénio de Andrade Hernán Lavín Cerda Natalia Toledo Fabio Morabito |
A la sombra del trueno Francisco Hernández Lienzos en el bosque desplazan la calígine. La mujer abandona su cuerpo en el espacio. Cruzan los galgos de los cinco sentidos. El hombre los alcanza en las vueltas del aire. A través de sus manos observan los astros. Un caballo despierta en un cuarto vacío. La mujer se quita el nombre y sueña. La mandrágora crece a la sombra del trueno. El hombre es destrozado por los galgos. La mujer abandona su aliento en el espejo. Lo que la voz tiene de piedra José Kozer He de buscar tu nombre en la primera cripta del cementerio. He de perder tu acento al escuchar el corte de la caña o al encino temblar en la leñera. Bajo la puerta encontraré tu clave para dar con el frasco de veneno: a brújulas que nacen sin oriente soles que nos deslumbran apagados. Y en el frasco, en de un tósigo liberador, lo que la voz tiene de piedra colgará de tu cuello en otra vida. El tiempo cede Coral Bracho El tiempo cede y entreabre su delicada profundidad. Puertas que unas tras otras se protegen; que unas en otras entran; huellas rostros de mar. Un otoño de leños y hojarascas. En su fondo: La espesura translúcida del placer; sus hiedras íntimas Oro: foliaciones de luz: Fuego que enraiza en el metal florecido y un musgo fino, incandescente. Presenciados Eduardo Casar INCLUYO a la vida que me ha precedido y a la que yo precedo. Tomo en cuenta a la llamada vida en general. Su juego sobre todo, su viento barajado con el mar. Tengo a flor de piel y tengo las palabras, y tengo además tu piel como un tatuaje interno cuyos bordes afortunadamente no coinciden, (Y el olfato y el sueño son testigos de cómo entretengo a mi piel a tu favor debida). Abro estas palabras con las ganas de mirarte y mirarme mirarte plenamente. Pero no cabes. No cabemos. Sé que tengo que ampliar a mis palabras. A la palabra mesa ponerle comedor, a la palabra selva sus bestias desatadas, a la palabra sombra una luz cenital, a la palabra mar, acción, pasión y movimiento. Agregarles, ampliarlas, ponerlas oraciones. Pero a ti simplemente la sola luz del marco, la flecha tensa dentro del arco suave de tus cejas. Pero a ti solamente ponerte la mirada en mi lugar. A mi pronombre yo tu nombre conjugado en presente. Tu voz cuando mis labios tocaron en tu oreja y fue gemido. Mi voz en la pendiente. Ceo que me estoy poniendo en pie de guerra. Bruja Gerardo Deniz* Lleno de respeto hacia las probabilidades, ![]() considero a María Gaetana Agnesi como fea; no obstante procederé como si fuera hermosa. Fanciulla pedante trilingüe —a cada palabra te arranco otro trapo—, sabihonda sabrosa, presiento por ciertas instituciones analíticas que en materia de senos puedes todo. Abajo tu hermana toca y canta a gritos —Oh! Sophonisba. Sophonisba, Oh!— mientras nos perseguimos voraces caterwauling por los tejados sublimes de Bolonia. Pero has puesto el coseno bajo el seno, por la tangente escapas. ¡Qué transvección, versiera! Ya en la escoba eres un punto que dibuja una onda frente a la luna. * (Madrid, 1934 - Cd. de México, 2014). Traductor, poeta y editor. Publicó Adrede (1970), Gatuperio (1978), Enroque (1986), Mansalva (1987), Picos pardos (1987), Grosso modo (1988), Mundonuevos (1990), Amor y oxidante (1991), y Alebrijes (1992). Fragmentos Eugénio de Andrade Versión: Saúl Ibargoyen Islas Adiós Ya gastamos las palabras por la calle, mi amor, y lo que nos quedó no basta para alejar el frío de cuatro paredes. Gastamos todos menos el silencio. Gastamos los ojos con la sal de las lágrimas, gastamos las manos a fuerza de apretárnoslas, gastamos el reloj y las piedras de las esquinas en esperas inútiles. Meto las manos en los bolsillos y no encuentro nada, Antes teníamos tanto para dar uno al otro; era como si todas las cosas fueran mías: cuanto más te daba más tenía para darte. A veces tú decías: tus ojos son peces verdes. Y yo lo creía. Creía, porque a tu lado todas las cosas eran posibles. Pero eso era en el tiempo de los secretos, en el tiempo en que tu cuerpo era una acuario, en el tiempo en que mis ojos eran realmente peces verdes. Hoy son apenas mis ojos. Es poco, pero es verdad, unos ojos como todos los otros. Ya gastamos las palabras, Cuando ahora digo: mi amor; ya no pasa absolutamente nada. Y sin embargo, antes de las palabras gastadas, tengo la certeza de que todas las cosas se estremecían sólo con murmurar tu nombre en el silencio de mi corazón. No tenemos ya nada para dar. no hay nada que me pida agua. El pasado es inútil como un trapo. Y ya te dije: las palabras están gastadas. Adiós. ![]() Veinte años Hernán Lavín Cerda Olvidémonos de la glucosa, del colesterol, de las bilirrubinas, amor mío: la armónica de Toots Thielemans en The shadow of your smile, nos está sugiriendo que debiéramos olvidar para siempre el impacto de las infieles bilirrubinas, del esquivo colesterol, de las soporíferas glucosas. ¿Por qué no somos cursis, una vez más, como el primer día? ¿Por qué no te desnudas, a media luz, poco a poco, y frente al espejo biselado como en la noche del primer día, cuando tu seguro servidor, con algo de tristeza, recién había cumplido veintiún años y era por derecho propio uno de los nuevos fantasmas que ejercería el sufragio en la próxima contienda electoral? Veinte años no es nada, sí, no es nada, como tal vez hubiera dicho Julio Sosa adelantándose al movimiento pendular del tango en su caída como tus labios de serpiente que se abren o se cierran de acuerdo con la trayectoria del sol por el espacio. Veinte años no es casi nada, diremos en medio del baile, y son más de veinte los del abrazo a media luz en Valparaíso, cuando ni la glucosa ni el colesterol ni las bilirrubinas formaban parte de nuestra cultura cotidiana. ¿Será mejor que nos olvidemos de todo? Apaga nuevamente la luz, y que la música de Toots Thielemans siga escuchándose hasta el fin del mundo. La casa de Olga Natalia Toledo Traducción de la autora ![]() Péndulos de hilo habitaron el patio de mi infancia. Agujas de madera cruzan el algodón incierto de esos días. Una mujer indómita bordaba el terciopelo negro de la espera. De sus manos surgía un manojo de formas para los telares que tiñen de anochecido oficio. Dormíamos colgadas bajo un pochote marino. Las fotos del pintor de pelo largo un baúl lleno de tiempo una llave enorme y miles de hamacas eran mi casa El tálamo de Olga siempre fue el lugar de los colores. Poema* Fabio Morabito ![]() Los perros ladran a lo lejos. Junto con ellos soy el único sin sueño en el planeta. Me ladran a mí, despiertos por mi culpa. Mi estar despierto los encoleriza y su cólera me espanta. Somos los únicos que no dudan de la redondez de la tierra. Los otros, los dormidos, han renegado de Copérnico, por esta única vez se han reclinado sobre un mundo plano. Por esta única vez, todas las noches, y así amanecen, creyendo que la tierra no da giros. No pueden conciliar el sueño sobre una superficie triste, sobre un planeta equis. Mejor oír ladrar los perros que amanecer neolíticos. Más vale no pegar el ojo que claudicar del universo. * Del libro Delante de un prado una vaca, México, Era, 2011. |