No. 88 / Abril 2016 |
Leer un poema... |
|
|
Recuerdo con paisaje “Te voy a llevar a conocer a un poeta”. Así me dijo mi padre ese invierno de 1971. Yo tenía 13 años y estábamos en Londres. “¿Cómo será un poeta?”, me preguntaba en mis cavilaciones interiores. Hugo Gutiérrez Vega y su esposa Lucinda nos esperaban a cenar en su departamento. Sentados a la mesa, yo observaba con atención a la pareja de jóvenes y bellos mexicanos que vivían en ese país tan diferente al nuestro. Buscaba alguna señal que me ayudara a entender por qué decía mi papá que Hugo era un poeta. Entonces empezó a caer la primera nevada del año. Yo nunca había visto nevar. Hugo seguramente lo había experimentado muchas veces, sin embargo, no se conformó con ver por la ventana, propuso que saliéramos a la calle a recibir los copos, hechizados por el poderío y la fragilidad de la naturaleza. El joven amigo de mi padre reía y daba brinquitos. Entonces entendí y pensé para mí misma: “Ah, un poeta es un adulto que sigue siendo un niño. Alguien que se asombra con algo que ha visto muchas veces, como si fuera la primera vez.” Desde entonces lo seguí. Leí y estudié su poesía y confirmé una y otra vez aquél descubrimiento. Poesía con paisaje y personajes Gutiérrez Vaga es un poeta que se asombra y se divierte. ¿A quién se le ocurre titular un libro Poemas para el perro de la carnicería? Antisolemne y edonista, defiende su deseo de quedarse a vivir en la ducha y sentencia: “Me moriré cuando el placer termine”. En su poesía probamos la maracuyá, comemos higos y dátiles sobre el desierto de los labios, llenamos la tristeza de uvas amarillas. Entre una ciudad y otra, entre el desierto y la montaña, el poeta descansa en la estación del amor: la casa, la cama, el cuerpo de la mujer amada son el oasis en el que se refugia. Y su poesía es también un encuentro. Una asamblea de amigos acompaña al poeta, y el lector también está invitado a la tertulia. En un sillón mullido platica Luis Cernuda con Buster Keaton; Doris Day canta a media voz en la terraza; la escuchan Malcolm Lowry y Rafael Alberti. Séferis y Demetrio juegan damas chinas en un rincón del cuarto. Ramón López Velarde, Jaime Sabines y José Carlos Becerra se han metido hasta la cocina, abren el refrigerador buscando frescos adjetivos que Hugo ha sabido guardar para ofrecerles en el mejor momento. Sentada en una mecedora está la abuela. Se han detenido en el pasillo Nacho Arreola y Ernesto Flores, que tienen tantas cosas que contarse. Ginsberg y Bertolucci intercambian impresiones sobre el santuario de Atotonilco, mientras Andrade le sirve vino verde a Monsiváis. El niño Bruno duerme tranquilo en un cuarto contiguo. Sabe que lo esperan los caminos y los besos, / los silencios del alma, / el esplendor del cuerpo. Por la ventana mira un gato. Él, que ha vivido en todas las ciudades, que es todos los gatos y el poeta, sabe que la ciudad estable es esta casa, donde conviven fechas y paisajes, esta poesía sin puertas ni ventanas, / esta emoción / que vuela y está quieta. Retrato con paisaje De las fotografías que tengo de Hugo Gutiérrez Vega, elijo una que me resulta representativa de su figura en los últimos años en que conviví con él: está sentado en un mueble cómodo de mimbre, tiene un libro en la mano; frente a él hay un micrófono y una copa de vino. Detrás, a sus espaldas, se alcanza a ver la arena de la playa y más al fondo, el mar. No está solo, algunos amigos lo acompañan. Cualquiera que vea la foto podrá deducir que se trata de una lectura de poesía en la que él es lector y anfitrión, pues se encuentra al centro del grupo de personas. Sobre una tarima de madera se ha montado esa especie de sala acogedora e informal como si fuera la terraza de una casa familiar, el lugar calmo donde conversan los amigos cercanos. Dos poetas de Suecia, dos poetas de Chiapas, dos de Guadalajara y uno de Colombia intercambian palabras y miradas. Por las pequeñas acciones registradas en la fotografía parece que no ha comenzado la lectura y la actitud de Hugo es la de una espera satisfecha. ¿Qué espera Hugo? (Que se cumpla una más de sus batallas en la cruzada de llevar a la gente la poesía “tan necesaria como el pan de cada día” (Luis Felipe). Vayamos a los detalles de la fotografía: el poeta está vestido de blanco. Su guayabera lo hace ver fresco y elegante. Su pelo cano y su barba también blanca enmarcan un rostro de facciones finas y mirada dulce que atraviesa sin problemas la transparencia de unos anteojos muy ligeros. Su mirada busca algo a la distancia. ¿Qué busca Hugo? En mi fantasía construyo que busca la mirada de Lucinda en el público, su cómplice y amiga desde hace 50 años. Ese hombre no puede ser otra cosa que un poeta, lo delatan los detalles nimios tanto como las amplias escenografías. En medio de la blancura inmaculada de su camisa, en el lugar del corazón, asoma de la bolsa con timidez su pluma fuente, la de los ríos de tinta. En sus manos sostiene un libro negro con una pequeña ilustración a colores en la portada, no se alcanza a leer el título, pero podría ser Peregrinaciones, de su autoría. Lleva, pues, sus instrumentos de trabajos a cuestas. Es sin duda un poeta. Si fuese un notario iría mejor peinado, pero una ráfaga de brisa ha despeinado un poco su cabello. Un académico no habría dispuesto esa terraza frente al mar, presentaría sus ideas en un aula; un médico podría tener esa mirada dulce, pero no abordaría su conferencia con una copa de tinto por delante. Solo un poeta sostendría entre sus manos ese libro como quien detiene a un gorrión herido y palpitante que por fin echará a volar. Atrás de la figura de Hugo y sus amigos, podemos vislumbrar la arena de la playa rosácea por el atardecer. Pronto se pondrá el sol, pero sus rayos aún alcanzan a teñir la atmósfera de una confianza tibia, de un alivio fugaz pero certero: el sol se pondrá hoy pero vendrá mañana. Se instalará la noche, pero la calidez perdurará por unas horas. Nos gobierna lo cíclico. La idea del tiempo nos ayuda a ser mortales. Sobre la arena hay una portería provisional. Unos jóvenes juegan despreocupadamente, sin saber que la cámara del fotógrafo los ha captado al fondo de la escena. Ignoran que una lectura de poesía está por comenzar. Nunca sabrán que han sido parte de este texto. Y ahí está la belleza. Hugo apenas sonríe satisfecho de saber que ahí está la belleza. En los niños que juegan sin hacer conciencia de que son parte de algo; en las exclamaciones alegres que se pierden en la amplitud violeta de la tarde; en el murmullo del mar que suena y suena sin estorbar, como telón de fondo. El poeta sonríe satisfecho porque todo está bien por mal que pueda estar, porque en el momento de la fotografía todo cuadra, todo ha encontrado su lugar, y Hugo ha encontrado los ojos de Lucinda a la distancia. El personaje principal de la fotografía parece el patriarca de una gran familia, un soberano bondadoso, un maestro sabio y al mismo tiempo, un niño que se ha tranquilizado con la mirada de una mujer a la distancia. Ese hombre no puede ser sino un poeta. Una higuera en Pendeli En el hermoso poema Una higuera en Pendeli, nuestro poeta aborda el tema de los viejos. No puedo dejar de pensar que ese poema, ahora, se convierte en el más bello de los autoretratos: Una higuera en Pendeli Hay en el monasterio de Pendeli una robusta higuera, bajo la cual se sientan los viejos no para matar el tiempo sino para detenerlo. La vida les ofrece ya muy poco: su cuerpo se va desgajando, una niebla constante se ha apoderado de sus ojos. Sienten el olvido y llevan en sus manos rugosas todo aquello que no pudieron hacer. Pero hay cierta alegría difícil de definir en sus voces de cerámica rota, hay algo en sus risas prudentes y en su minuciosa manera de contemplar a los que pasan. ¿Una vida cumplida? ¿una resignación tan alta como las ramas de la vieja higuera? No lo sé, pero el misterio de estas vidas que se van no tiene una total tristeza. Entre las rugosidades de la higuera se mueven las luces inexplicables de una postrera alegría y hay en esta ancianidad una carga de vida, una última y deslumbrada salpicadura de la fuente de la gracia. |