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Guy Goffette |
No. 96 / Febrero 2017
Guy Goffette
Traducción de Diego Ibáñez
Poeta belga francófono nacido en Jamoigne, Guy Goffette ha dedicado parte de su vida a las librerías y a la imprenta, además de a la poesía. Aunque de origen belga, ha pasado buena parte de su vida en París, por lo que suele identificársele con la generación francesa conocida como les “nouveaux lyriques”. Su poemario de 1988, Éloge pour une cuisine de province, lo hizo acreedor del prestigioso premio Mallarmé. Los poemas traducidos pertenecen a su libro Le pêcheur d’eau (El pescador de agua) publicado en 1995.
Voilà
pour André Schmitz
Tout offert, tout perdu, comme le prénom
du matin dans l’herbe déjà verte — ô pâle,
si pâle visage de l’aimée à peine entrevue,
et c’est encore (encore déjà)
ton vieux chien sale et fidèle et traînant
son gros derrière qui le rapporte : voilà,
dit-il, voilà tout ce que j’ai, mon seul
trésor, accepte-le, accepte
que ce jour soit un jour simplement,
un jour donné, un jour de passage encore
et qui traîne un peu les pieds dans ta vie
où rien ne bouge dangereusement,
comme une voile dans l’embargo du vent
Ahí está
Para André Schmitz
Todo entregado, todo perdido, como el nombre
de la mañana en la hierba ya verde – oh pálido,
tan pálido rostro de la amada apenas vista
y es todavía (ya todavía)
tu viejo perro sucio y fiel y arrastrando
su gran trasero de regreso: ahí está
dice, ahí está todo lo que tengo, mi único
tesoro, acéptalo, acepta
Que este día sea un día simplemente,
Un día dado, un día de paso todavía
Y que arrastra un poco los pies en tu vida
Donde nada se mueve peligrosamente,
Como una vela al embargo del viento
Assieds-toi, mon âme
Et puis un jour arrive et le bonheur est là
comme la mer au pied de la mer, on touche
la fenêtre, le bois, pour apaiser ce sang
qu’on croyait disparu
avec le vieux cheval qui ruminait l’azur,
et le cri vert de l’herbe sous l’étouffoir
glacé ; on touche à ce qui n’est pas encore,
ce qui viendra : la vie
promise, mais on a trop de jambes, trop
de bras et le cœur fait des nœuds
—assieds-toi donc mon âme, assieds-toi, laisse
l’enfant de tes rides, l’enfant perdu,
défaire le filet du pauvre pêcheur d’eau
Siéntate, mi alma
Y luego llega un día y la felicidad está ahí
como el mar al pie de la mar, uno toca
la ventana, la madera, para apaciguar esa sangre
que creíamos desaparecida
junto con el viejo caballo que rumiaba el azul
y el grito verde de la hierba bajo el horno
helado; alcanzamos eso que no es todavía,
eso que vendrá: la vida
prometida, pero tenemos demasiadas piernas, demasiados
brazos y el corazón hace nudos
—siéntate entonces mi alma, siéntate, deja
al niño de tus arrugas, al niño perdido
deshacer la red del pobre pescador de agua
Dimanche de poissons
Et puis en jour vient encore, un autre jour,
allonger la corde des jours perdus
à reculer sans cesse devant la montagne
des livres, des lettres ; un jour
propre et net, ouvert comme un lit, un quai
à l’heure des adieux —et le mouchoir qu’on tire
est le même qu’hier, où les larmes ont séché
—un lit de pierres, et c’est là où nous sommes,
occupés à nous taire longuement,
à contempler par cœur la mer au plafond
comme les poissons rouges du bocal,
avec une fois de plus, une fois encore
tout un dimanche autour du cou.
Domingo de peces
Y luego viene de nuevo un día, otro día,
Tender la cuerda de los días perdidos
por retroceder sin cesar frente a la montaña
de libros, de cartas; un día
limpio y nítido, abierto como un lecho, un muelle
a la hora de los adioses – y el pañuelo que sacamos
es el mismo de ayer, donde las lágrimas se secaron
—un lecho de piedras, y ahí es donde estamos,
ocupados en callar largamente,
en contemplar de memoria el mar en el techo
como los peces rojos del tarro,
una vez más, otra vez
con todo un domingo alrededor del cuello.