No. 95 / Diciembre 2016 - Enero 2017
IX Festival de Poesía de Guayaquil, 2016
Por César Rodríguez Diez
En noviembre pasado participé por primera vez en el IX Festival de Poesía de Guayaquil, Ileana Espinel Cedeño, organizado por el poeta Augusto Rodríguez en varias sedes de la ciudad, principalmente en la Casa de Cultura de Guayaquil, en la Universidad Salesiana y otros espacios culturales —como la Alianza Francesa y el Centro Ecuatoriano Norteamericano.
Algo importante de los festivales internacionales es la posibilidad de escuchar poesía en su idioma original. En esta ocasión tuve la oportunidad de disfrutar, por un lado, la dulzura del árabe —cuya recitación se acompaña de numerosos gestos y expresiones corporales— y, por otro lado, observar el contraste con el minimalismo japonés —donde los poemas abren un espacio para la contemplación y nos remiten al haikú y sus variaciones concretas y profundas. También contamos con lenguas más conocidas como inglés y francés.

La poeta kurda Faiza Sultán me contaba que aunque era su primera vez en un país latinoamericano y no entendía nada del idioma, le parecía tan cercano a su cultura que no tenía más que dejarse arropar por la belleza del español y la calidez de su gente.
Aunque parezca en vías de extinción, la publicación de poesía, paradójicamente, está más viva que nunca en la infinidad de festivales alrededor del mundo. Hay una conexión natural con el público y con el poeta. Al recitar poesía se obtiene una profunda gratificación en ambos sentidos. La poesía abre espacios que no tocan otras artes ni ciencias. Permite conectarnos con resonancias interiores que en nuestra agitada y moderna vida a menudo olvidamos.
Tuve el gusto de volver a ver en este festival a algunos amigos, como el poeta luxemburgués Jean Portante, y constatar que su humor es directamente proporcional a su poesía o viceversa: siempre un juego de palabras dentro del lenguaje ballena, con el que él nombra aquello que sobrevive encapsulado en el pulmón del otro lenguaje, resultado de haber nacido italiano en Luxemburgo y escribir en francés.
Keijiro Suga, poeta japonés, radicado en Tokio, tardó dos días en llegar. En su lectura, todo un acierto, se intercambiaban versos en japonés y español. Era como escuchar música bilingüe donde el significado del poema iba acompañado con la resonancia del idioma extranjero, instrumento que se unió a la naturaleza y la mezcló con el sentido más puro de la poesía.
Finalmente pude presentar un nuevo libro y leerlo por primera vez frente a un público de estudiantes, que, interesados en el concepto de poesía objeto, pudieron apreciar esta bella edición realizada a mano por la poeta Mónica González de Mi Cielo Editores, con la cual tuve la fortuna de compartir el viaje desde México y, por qué no, echar a volar nuestra imaginación para volver muy pronto a la versión siguiente de esta vocación itinerante de rencontrarnos con la poesía y la amistad.
Aquí les comparto algo de este ejemplar titulado Carne de circo, Mi cielo Editores, 2016.
Forzudo
Levanto el mundo
Llevo su inmensidad sobre los hombros
Despojo de Dios y su presagio
desnudo entre los huesos
Hervidero de vacío
y tumbos hacia atrás
esta potencial dureza expone el corazón
al abismal origen
No sé del último abrazo
su antes y después
nos caiga
Levanto el peso del brutal destino
nacido con el último milagro
Dibujo islas en el mar de los otros
y descifro a tientas
mi nombre