No. 95 / Diciembre 216 - Enero 2017



Confesión desde el silencio

Por Ivonne Sánchez Barea


Durante años estuve en un cierto aislamiento, debido a la particular estructura de mí pensamiento, el sentir y la percepción del mundo. Parecía estar fuera de la realidad generalizada dentro de las sociedades. Es decir; no encontraba los espacios adecuados para la expresión verbal, literaria, gestual y artística. Tampoco me asimilaba con personas semejantes sin poder comunicar abierta y espontáneamente ese fluir que nace desde lo interno, y que cataliza y hace catarsis desde la experiencia personal. Sentía que todo el fluir y la motivación, se quedaba entre las costillas, y como si faltara el aire, el oxígeno, vivía en un continuo ahogo. La inspiración retenida me oprimía. Ocupada por silencios, que eran baluarte y de desinterés ajenos. La abstracción; una somera actitud que para otros era vaga y distante. Así esgrimí mi propio “Yo” durante décadas. Esto había hecho de mí persona, un ser solitario, aislado, una mujer introspectiva, silenciosa. Esa sombra se alargaba en el tiempo/espacio de la vida. Preguntaba entonces: -¿Tan distinta soy a los demás?-, -¿Acaso, no me veo en el espejo de la sociedad?- , -¿Estaré equivocada y por eso me siento “Un bicho raro”?

Me intuí y reconocí en esas diferencias con apenas un metro de altura, rodeada de otros seres; similares en edad, género y circunstancias. Sin embargo los oscuros ojos observadores, a manera de cámara fotográfica, atrapaban imágenes del micro mundo de mi universo externo, pero ni era entendida, ni aceptaba. Desde esa soledad, y con los años, mi visión del mundo se convirtió en escafandra. De esa infancia guardo en la memoria, la continua búsqueda de seres que desde y en similitud y complicidad, pudiera establecer diálogos en la misma sintonía y onda, pero no los halle.

Busqué la felicidad en la risa, en la fiesta, en la distención, donde y cuando parecía que las coordenadas de mi mundo se acercaba un poco más al de los demás o viceversa. Los años de infancia y juventud pasaron. Mientras eso ocurría, pasajeros de mi vida, compañeras y conocidos se distraían pensando y hablando de cosas que a mí me parecían vacías de contenido, porque eran solo eso: “cosas”.

Era y es importante ver el mundo con la óptica humanitaria, con binóculos que acercan lo lejano, con microscopios que dejan analizar lo que percibimos invisible, con un halo en el sentir que eleva el pensamiento, para encontrar un poco de felicidad en esos mundos en los que me sentía “Viva”.

Pasaron las décadas y los accidentes vitales me hicieron pasar por duras experiencias físicas, psíquicas y morales de dolor y recuperación. En ocasiones la debilidad vence, pero en el alma, algo seguía palpitando con fuerza y no me rendí ante las circunstancias. Allí en todo éste cúmulo; crecí, como persona, ente y ser humano.

Heredé desde la genética capacidades: el análisis, la organización mental, y la sensibilidad que a flor de piel; en continuidad y persistencia habían dado vida desde la propia identidad. Seguí siendo “diferente”. Seguí tiñendo mis manos e ideas con el color que me invadía, con la visión multipolar y multidimensional, como la de los insectos, o, con el oído de un felino. A pesar del torpe andar, realice el vuelo alto en las montañas, cuya visión me permitía el giro visual y la libertad del aire. Sí, el aire poético y artístico que me libera.

Explico: dibujo un mapa desde todas las latitudes y longitudes, coordenadas para que el lector, ubique el pensar y el sentir desde las diferencias de sensibilidades. El calidoscopio con el que sobrevivimos los creadores; poetas y artistas. Así, talvez el mismo lector encuentre fragmentos en los que se pueda adentrar para hallarse en sus reflejos.

A primeros de siglo, escribí una carta en la desesperación de esa soledad, que ya se me hacía pesada como armadura de hierro, y cuyas partes se oxidaban con mis propias lágrimas. En esa carta, que fue escrita para mí misma, y/o para el universo, pedí que se me diera oportunidad de encontrar o rozar los sueños. En mi caso personal, el sueño era encontrar los espacios, los congéneres de pensamiento, la risa y el dolor cómplice en los demás. Tal vez esa carta fuese el testamento vital de una mujer que volaba sin tiempo sobre el tiempo, que extendía alas del pensamiento sobre espacios no conocidos, sobre terrenos de difícil acceso, sobre desiertos de arenas o de hielo. Acudí al propio sepelio interno, para desprender el sentir del alma y conseguir que la imaginación viajase aún más lejos. Me adentré en la velocidad de la luz de los telescopios, y salí hacía el cosmos para encontrarme a mí misma. Nunca perdí la brújula; insistí y persistí en la integridad de mi sentir, por primera vez fui consciente de que veía y sentía los otros mundos como míos. Entonces decidí dárselo de vuelta al mundo, era y es necesario. Aquello que había explorado con la vista y los sentidos, ya los había palpado sobre la piel de los libros, ya había navegado sus horizontes y ahora me quedaba por descubrir en ese viaje de vuelta, los mundos con y desde otras perspectivas.

En exceso de soberbia, “pedir”, era una palabra prohibida: pedir ayuda, pedir favores, pedir ser escuchada, pedir ser visualizada para reafirmarme viva y existente. En humildad, y sobre la perseverancia en el oficio, escribí un poema que envié por una sugerencia a un concurso. Por sugerencia digo, porque no entiendo de competencias. Gané y éste simple gesto desencadenó el movimiento de olas en las que hoy me veo hoy inmersa.

Crucé el atlántico para recibir el simbólico premio, y allí, encontré por extraño que les parezca, el mayor y más importante de los premios: la hermandad. Eso era lo que desde niña había buscado, la hermandad en el pensamiento, en las sensibilidades, en el respeto, en la complicidad, en el deseo de mejorar el mundo. Entonces la magia hizo efecto y mi mundo ahora tenía verdadero sentido; para mí, siempre lo tuvo, tuvo un norte. El verdadero sentido fue encontrar a aquellos semejantes que escuchan la construcción de los pensamientos, sienten el deseo en la sincronía, se identifican con los versos y se adentran en los espacios allí descifrados o por descifrar. Descubrí la tierra de los poetas, el vuelo de los poetas, el navegar en la profundidad de los poetas vivos: mis semejantes. Ellos, también me descubrieron. Feliz encuentro desde la lengua común, el español, castellano, después traducidos a lenguas hermanas derivadas del latín: francés, italiano, portugués, o a las anglosajonas; inglés y alemán, o las derivadas del alfabeto cirílico o del sanscrito, o del árabe, chino o japonés. Así los pensamientos se universalizan, entonces él/los, la/las poeta/s trasladan palabras y conceptos individuales o comunes en y de nuestro mundo; entonces trascienden.

La República Dominicana fue un inicio. En ese momento se convirtió en mi tierra rodeada de mar, en mi media isla, que poco a poco llegaría a otros litorales, otras orillas. Las fronteras empezaron a diluirse y desde el vuelo, llegué a la cordillera andina, Bogotá, donde desde la raíz derecha todo se había configurado. Aquel prólogo que el académico me escribió a mediados de la década de los años noventa, sobre la “confesión de un sentir y vivir”, empezó a tener sentido casi veinte años después, porque la tierra, el aire, el agua y el fuego, los elementos, están en mí. Mostraron interés por la obra de la creadora que me habita, y dieron espacio a la migrante ave sin ancla, porque la nave la llevo en el pensamiento, los sentidos, en la pupila, las manos…

Allí, en Colombia, el cóndor voló fugaz, y en el vuelo mental, el ave se convertía en mil pájaros: se convirtió en pelicano en Cuba, en águila en México, en cardenal rojo en Washington, en arrendajo azul en Trois Riviéres, Canadá. Finalmente en un ruiseñor en las tierras que besan sus pasos. Sin embargo, en el cuerpo y aleteo del colibrí, en cuyo espíritu vive, el vuelo cansino y silencioso no ceja en el continuo aleteo.

Mi especie, mis similares abrieron sus bosques para que pudiera, cantar, volar y hacer nido. En éste vuelo siempre en migración de la palabra, han dado color, calor y eco a las letras que esgrimo. Ellos visten con tonos y gamas el plumaje que me cubre. En ocasiones, mi espíritu se hace más terrenal y me convierten en puma, gato, jaguar, o flor de un día. También en la profundidad de mares, brillando como escamas de peces, o en la profundidad de las galaxias, brillando como palpitante lucero. La llave siempre la llevé conmigo, sólo me hacía falta encontrar la puerta para abrir senderos, los tránsitos. Senderos en los que encuentro a mí gente. La tribu, me impone identidad, me bautiza, me certifica como suya, deja que mi danza pase del mito interno al baile con voz que vuela con sus sonar de campanas.

El poeta silenciado no trasciende, hasta que en esos bosques y las tribus lo abrigan, lo abrazan, lo escuchan y cuando puede dejar grabada su voz, sus palabras sobre las hojas de maderos, entonces, toma sentido la vida, para escribanos de los cosmos.

Desde la visión personal, los Festivales de Poesía, las fiestas para la palabra, hace y nos da trascendencia, dado que con otros semejantes, podemos diluirnos, podemos imaginar un mejor mundo, un mejor ser humano, un mejor futuro, desde el espíritu de la hermandad.

¡Gracias compañeras y compañeros poetas! Me siento viva a vuestro lado.

Granada, España enero 2017