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No. 96 / Febrero 2017


Larissa Calderón
(Ciudad de México, 1978)


¿Cómo le digo a Saúl?
De vez en cuando me dedica una mirada
que cruza discreta el salón
cuando volteo para atrás
la tomo mía.

En clase de música
juguetea con mi cola de caballo
cosquillitas en la nuca
me hacen sonreír.

Y pensar en que no quiero la vacación.

Me gusta la forma de ser de Saúl
amable con todos los compañeros
me presta colores gastados
me parecen más vivos su rojo y naranja
y más suaves el rosa y azul.
Platica cosas alegres

A su mamá le dicen “la güera”
yo quisiera ser tan guapa
y con el pelo dorado como ella.

Saúl se ha vuelto veloz manejando bicicleta
le gusta el viento
que lo aleja del calor
y las cosas que no entiende.

Estamos en el mismo equipo
¿Cómo le digo que me gusta?

Casi nos vamos a la secundaría
“¿y si no lo vuelvo a ver?”
alcanzo a decir antes de marcharme
−Me caes muy bien−, sonríe

Saúl no vino a la escuela
la maestra dijo que tuvo un accidente.
A mí me duele escucharlos.

El coma es un momento
donde el tiempo es imposible.

En el patio los niños comentan:
“La Güera lo incendió
junto a su hermanita”.



Chocolates y gelatina

Si viviera en el Centro y no en las Colinas
rodeada de plazas rosas de cantera
jardines que descansan bajo la sombra
de edificios coloniales
y sueños mejores.

La clase media es tan opresiva
y hace sufrir a mis hijas

Las llevo a la panadería
comen chocolates y gelatina
Me miran
ríen
veo un agujero en sus ojos.

El insomnio se llama Medea
aprendo a encantar serpientes
mi calma idílica es dormir abrazadas
hot cakes al despertar.

Solo caramelos ofrece el mundo
a la inocencia

Entregarlas como esclavas
con sus dulces intenciones
Saciar su hambre predadora.

Son tan lindas
melenas sueltas
cabecitas de cristal
para mirar al interior
ese instante que se alarga
sin dolor.

Juego con las niñas y el martillo
luego la soga



Donde escapa la ternura

El puerto asoma por las ventanas del departamento
Ella toma al primero por los pies
lo azota contra el piso
pedacitos de cráneo se incrustan
en la materia blanda
y en aquel probable horizonte

El segundo tiene la misma suerte
la sangre de los hermanos
unida en la duela
entre sus ranuras

Y ya en silencio
piensa mejor puede oírse
sin el lloriquear de los niños
sus tres y dos años
han sido suficientes
y no hay que dejar los rastros.

El puerto en esa calma.

Después de un mes el olvido insoportable
se fracturó
y otra semana La espera
para que alguien reclame en la morgue
los cuerpecitos en partes.

El viento no recuerda sus nombres
ni las noches de horror y tormentas eléctricas

Sin importarle a nadie
sus huellas en este mundo
quedaron sembradas en dos macetas
donde los enterró mamá
aquella mañana de astillas.

Lo difícil de ser bebés
sin poder conquistar

el corazón imposible de una mujer
que se busca en otra parte
Ahí
donde escapa la ternura.