Larissa Calderón (Ciudad de México, 1978)
¿Cómo le digo a Saúl? De vez en cuando me dedica una mirada que cruza discreta el salón cuando volteo para atrás la tomo mía.
En clase de música juguetea con mi cola de caballo cosquillitas en la nuca me hacen sonreír.
Y pensar en que no quiero la vacación.
Me gusta la forma de ser de Saúl amable con todos los compañeros me presta colores gastados me parecen más vivos su rojo y naranja y más suaves el rosa y azul. Platica cosas alegres
A su mamá le dicen “la güera” yo quisiera ser tan guapa y con el pelo dorado como ella.
Saúl se ha vuelto veloz manejando bicicleta le gusta el viento que lo aleja del calor y las cosas que no entiende.
Estamos en el mismo equipo ¿Cómo le digo que me gusta?
Casi nos vamos a la secundaría “¿y si no lo vuelvo a ver?” alcanzo a decir antes de marcharme −Me caes muy bien−, sonríe
Saúl no vino a la escuela la maestra dijo que tuvo un accidente. A mí me duele escucharlos.
El coma es un momento donde el tiempo es imposible.
En el patio los niños comentan: “La Güera lo incendió junto a su hermanita”.
Chocolates y gelatina
Si viviera en el Centro y no en las Colinas rodeada de plazas rosas de cantera jardines que descansan bajo la sombra de edificios coloniales y sueños mejores.
La clase media es tan opresiva y hace sufrir a mis hijas
Las llevo a la panadería comen chocolates y gelatina Me miran ríen veo un agujero en sus ojos.
El insomnio se llama Medea aprendo a encantar serpientes mi calma idílica es dormir abrazadas hot cakes al despertar.
Solo caramelos ofrece el mundo a la inocencia
Entregarlas como esclavas con sus dulces intenciones Saciar su hambre predadora.
Son tan lindas melenas sueltas cabecitas de cristal para mirar al interior ese instante que se alarga sin dolor.
Juego con las niñas y el martillo luego la soga
Donde escapa la ternura
El puerto asoma por las ventanas del departamento Ella toma al primero por los pies lo azota contra el piso pedacitos de cráneo se incrustan en la materia blanda y en aquel probable horizonte
El segundo tiene la misma suerte la sangre de los hermanos unida en la duela entre sus ranuras
Y ya en silencio piensa mejor puede oírse sin el lloriquear de los niños sus tres y dos años han sido suficientes y no hay que dejar los rastros.
El puerto en esa calma.
Después de un mes el olvido insoportable se fracturó y otra semana La espera para que alguien reclame en la morgue los cuerpecitos en partes.
El viento no recuerda sus nombres ni las noches de horror y tormentas eléctricas
Sin importarle a nadie sus huellas en este mundo quedaron sembradas en dos macetas donde los enterró mamá aquella mañana de astillas.
Lo difícil de ser bebés sin poder conquistar
el corazón imposible de una mujer que se busca en otra parte Ahí donde escapa la ternura.
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