Lezama Lima,
el máximo clavadista:

Crónica del III Encuentro de Escritores del Pacífico
de Acapulco


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Como un homenaje al poeta cubano José Lezama Lima (La Habana, 19 de diciembre de 1910, 9 de agosto de 1976), se realizó el III Encuentro de Escritores del Pacífico, en la ciudad de Acapulco, Guerrero, México; en las fechas del 24 al 28 de agosto de 2010. Literariamente el objetivo fue construir un enlace analítico entre la producción literaria de Centro América y México, mediante conferencias, lecturas de poesía, presentaciones de libros, reflexiones, ponencias especializadas y disertaciones espontáneas. Entre éstas vale destacar la exposición magistral del poeta Marcelo Uribe, quien conferenció sobre el connotado autor hispanoamericano, de quien se conmemoraban los cien años de su nacimiento.
Lezama Lima, el máximo clavadista:
Crónica del III Encuentro de Escritores
del Pacífico de Acapulco

 



Karen Valladares

En memoria del padre de Julián Herbert

...y sumergirse con absoluta inocencia poética
Lezama Lima

 

Como un homenaje al poeta cubano José Lezama Lima (La Habana, 19 de diciembre de 1910, 9 de agosto de 1976), se realizó el III Encuentro de Escritores del Pacífico, en la ciudad de Acapulco, Guerrero, México; en las fechas del 24 al 28 de agosto de 2010. Literariamente el objetivo fue construir un enlace analítico entre la producción literaria de Centroamérica y México, mediante conferencias, lecturas de poesía, presentaciones de libros, reflexiones, ponencias especializadas y disertaciones espontáneas. Entre estas vale destacar la exposición magistral del poeta Marcelo Uribe, quien conferenció sobre el connotado autor hispanoamericano, de quien se conmemoraban los cien años de su nacimiento.

Sin embargo, entre poetas, narradores, y gestores culturales, el encuentro fue propicio para un intercambio que quizás encontró su riqueza, como siempre, en las conversaciones de pasillos, pláticas de mesas, encuentros ocasionales en habitaciones, brindis, risas, música, y fundamentalmente, en los clavadistas que persistían en su precipitación suicida hacia un mar completamente azul, como búsqueda de la mayor sensación en el riesgo de despeñarse sin paracaídas, a un mundo hecho de burbujas, volutas de agua, pompas de espuma, pequeñas flamas imperceptibles pero fundamentalmente presentes, como si fueran una analogía de la obra poética de Paradiso.

Quizá sea forzada la imagen, sin embargo, la inmersión en el agua desde una altura próxima a los veinticinco metros es poco comparada con la inmersión constante que Lezama Lima producía cada vez que se sumergía en su fascinante mundo del lenguaje.

Había un programa de acuerdo con la lógica de un protocolo literario. Afuera la vida transcurría con la presencia insalvable de los clavadistas. Adentro, en los salones del Fuerte de Acapulco, La Casona de Juárez, la Universidad de Loyola y la Universidad Americana, entre otros espacios, otros clavadistas mostraban sus inmersiones en las letras: hombres convertidos en mujeres, chamanes mayas herederos de una cultura milenaria, magistrales músicos de la imagen, tamboristas del verso, desenfadadas hembras cansadas del aturdimiento machista, embusteros de la poesía, agotadores incansables de la palabra; quienes saltaban desde otro precipicio para mostrar su percepción de la vida.

Otra vez afuera, los clavadistas alucinaban las olas como si fuese la última decisión del día, sin importar nada más que mostrar su coraje, su decisión desafiante, dejando a un lado la poesía, las pláticas literarias, y todo embuste que no tuviera que ver con el reto de intentar morir en el roce con el agua, en la insinuación de que la poesía sigue allá, afuera, en la vida, en el incesante mundo de dejar de ser lo que somos para construir otro totalmente distinto, nuevo, muerto quizás para la literatura.

Los nombres de los clavadistas memorables, los anónimos, jamás los conoceremos, pero los héroes, los que rescatan de su vida las breves inversiones cotidianas en la palabra seguirán presentes, rindiendo homenaje permanente al máximo clavadista: José Lezama Lima. Sus nombres: Jorge Esquinca, Silvia Eugenia Castillero, Christopher Domínguez, Mario Bellatin, Teresa Avedoy, Juan Carlos Reyna, Élmer Mendoza, Juan José Rodríguez, Ana Belén López, Horacio Valencia, Ignacio Mondaca, Ricardo Castillo, Ernesto Lumbreras, Luis Armenta Malpica, Carmen Mendoza, Amaury Estrada, José Agustín Solórzano, Atahualpa Espinosa, Guadalupe Ángela, Mario Nandayapa, Roberto Rico, Juan Carlos Bautista, Wingston González, Alan Mills, Karen Valladares, Francisco Ruiz Udiel, Mario Noel Rodríguez, Marcelo Uribe, Benito Taibo, Luis Tovar, Hernán Bravo Varela , Armando Alanís Pulido, Ana Franco, Carlos López, Lucía Deblock, Rodolfo JM, Juan Luis Nutte, César Rodríguez Díez, Beatriz Pérez, Níger Madrigal, Andrés Acosta, Julián Herbert, Iris García, Jeremías Marquines, Federico Vite, Jesús Bartolo Bello, Ángel Carlos Sánchez, Brenda Ríos, Edgar Pérez, Judith Solís, Carlos F. Ortiz, Ulber Sánchez, Eric Escobedo, Antonio Salinas, Roberto Ramírez Bravo, Julio Zenón, Paul Medrano, Gabriel Brito, Gela Manzano, Isaías Alanís, Daniel Baruc y Sandy Robles.

En Honduras quedaron mis amigos Poetas del Grado Cero, grandes clavadistas con los que hemos visto morir a la puta poesía, enjuta, seca y sin sangre, para quienes los protocolos sólo sirven para mediar entre la vida real de los que escriben y los verdaderos poetas, aquellos que de verdad se lanzan desde la quebrada sin esperar diploma, reconocimientos o ver su nombre escrito en antologías, porque el verdadero arte consiste en dejarlo todo en la terraza de piedras.

No puedo dejar de mencionar la voz femenina; según mi prejuicio esperaba que estas voces fueran menos llamativas, como me ha ocurrido a mí en otros encuentros, pero no, aquí me equivoqué, pude comprobarlo en la lectura de la escritora Iris García Cuevas, de su libro: Ojos que no ven corazón desierto, que me pareció desenfrenado, honesto, completamente diferente a lo que últimamente he venido escuchado en las escritoras. Hubo otras voces que me llamaron la atención como la poesía de Beatriz Pérez, poesía amorosa; de Luis Tovar, prosa similar a la que se cuece en la Costa Norte de Honduras.

En todas partes se formulan las mismas preguntas absurdas: ¿Cuál es el mayor obstáculo que ha tenido para escribir su obra? ¿Cómo se hace un escritor? ¿Cuál ha sido el mayor sacrificio que ha hecho para convertirse en escritor? ¿En qué momento de su vida decidió ser escritor? ¿Un escritor nace o se hace? ¿Qué es lo qué más le inspira para escribir?

¡Qué estupidez!

Afortunadamente quedan los libros de Julián Herbert, Ernesto Lumbreras, Cristopher Domínguez, como grandes y verdaderas interrogantes, y definitivamente Centroamérica y México no se conocen en la poesía. Se lograron vínculos, nuevas redes. Aún queda mucho por conocernos, Honduras tiene más de lo que se imaginan, igual, ustedes tienen más para ser conocido. Lezama Lima sigue lanzándose como el máximo clavadista.

Fotografías: Carlos Ortiz


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