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¡Arriba, doña Rosa! ¡Don Pánfilo, ligero!
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Música y poesía |
Por Jorge Fondebrider |
El mismo día en que la Argentina le ganó a Holanda en el último Mundial de fútbol (ése en el que un día antes de los hechos que estoy refiriendo Brasil perdió 7 a 1 contra Alemania, estadística que da vértigo y que difícilmente se olvide), mi mujer y yo fuimos a escuchar a un amigo que cantaba tango en un teatrito del barrio porteño de Almagro.
Dado el festejo generalizado que nos ponía en la final, llegamos con bastante dificultad. Allí, con un atraso de casi media hora respecto del comienzo de la función, nos enteramos de que no se trataba solamente de escuchar tango, sino también de oír a un ventrilocuo
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No. 72 / Septiembre 2014 |
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El mismo día en que la Argentina le ganó a Holanda en el último Mundial de fútbol (ése en el que un día antes de los hechos que estoy refiriendo Brasil perdió 7 a 1 contra Alemania, estadística que da vértigo y que difícilmente se olvide), mi mujer y yo fuimos a escuchar a un amigo que cantaba tango en un teatrito del barrio porteño de Almagro.
Dado el festejo generalizado que nos ponía en la final, llegamos con bastante dificultad. Allí, con un atraso de casi media hora respecto del comienzo de la función, nos enteramos de que no se trataba solamente de escuchar tango, sino también de oír a un ventrilocuo Y lo pongo de esa manera porque odio el circo y todo lo que gira alrededor de éste, incluidos los payasos, los tragafuegos, los fakires, los perros amaestrados y otras expresiones igualmente penosas que, llegado el caso –y éste era el caso– derivan al mundo del varieté. Y no sé si los títeres y las marionetas califican, pero, por las dudas, los agrego: nunca me llamaron la atención, ni siquiera de chico. Ahora bien, si de chico no me gustaban, el lector bien puede imanarse lo que pasa de grande. Más todavía, cuando por alguna extraña analogía, los he asimilado al nivel de lo que, con la pretensión acostumbrada, los franceses suelen llamar “artes de la calle”. Lamentablemente para esos artistas callejeros, la calle, según la entiendo yo, es un lugar de tránsito, no de espectáculo. Entonces, no soy público ni de los artistas ya mencionados, ni de prestidigitadores, equilibristas o skaters, sin olvidarme de los murgueros (patéticamente pedestres) ni de los grafiteros (a quienes colgaría de las bolas). Así las cosas, asistí a la función y no tuve otro remedio que ver a las marionetas que, aunque manejadas con destreza, al menos para mí, ofrecían un espectáculo más bien ramplón. Pasaron uno, dos, tres números, y llegó el cuarto. Y acá me olvidé de las marionetas para concentrarme en la música. Era un tango titulado, justamente, “Marioneta”, compuesto por Juan José Guichandut (1909-1979) con letra de Armando José Tagini (1906-1962), que servía de banda de sonido para que dos guitarristas y un cantante, los tres colgando de los hilos, hicieran su gracia carente de toda gracia. A Guichandut le debemos músicas como las de “Mamarracho”, “Así era el tango”, “Tarareando” y “Matrera”, entre otras. A Tagini, las letras de “La Gayola”, “Gloria” y “Buey manso”, para nombrar algunas. A los dos en conjunto, los tangos “Perfume de mujer”, “Misa de Once” y “Marioneta”, todos oportunamente grabados por Carlos Gardel. En el caso especial de “Marioneta”, tango eliminado en la segunda vuelta del célebre concurso de canciones que organizaba Max Glücksmann, esa primera grabación tuvo lugar el 20 de octubre de 1928. Poco después, hubo otras grabaciones. Una de ellas, de Azucena Maizani; otra, de Ignacio Corsini. Como en el caso de Gardel, se trataba de cantantes de mucho prestigio, lo que le aseguró a ese tango muchísima difusión. Por alguna razón que no alcanzo a explicarme, escuchar esa letra y esa música me retrotrajo completamente a mi infancia, a un mundo con abuelos en el que todavía se escuchaban buenas canciones en la radio, donde había concursos de preguntas y respuestas, y una ingenuidad que, prácticamente, los chicos, computadoras mediante, ya no tienen. Sin embargo, más allá del beatus ille que la letra tal vez podría dejar entrever, “Marioneta” excede la mera nostalgia y todavía se sostiene bien. Por eso copio la letra y pego a continuación cinco magníficas versiones del mismo tango. Marioneta
Tenía aquella casa no sé qué suave encanto
Versiones:
Ignacio Corsini
Charlo con Francisco Canaro
Azucena Maizani
Floreal Ruiz con Aníbal Troilo |