![]() |
Damir Šodan |
No. 85 / Diciembre 2015-Enero 2016 |
Damir Šodan Enfrente de la casa de Spinoza
Y era el demonio de mi sueño, el ángel más hermoso. Los años cincuenta a la manera de Adam Zagajewski mi padre y su padre se arrastran por el adoquinado dirigiéndose hacia la ciudad para ver el partido. el fuerte sol del mediodía se difunde a su alrededor, las cigarras chirrían en los enebros, en la yerba brillan unos saltamontes vítreos... el Mediterráneo, tal como lo conocemos desde siempre, todavía está aquí. un poco más hacia el norte el mismo sol despeina las coronas de aire de los presos derritiéndolas en el sudor de las camisetas blancas mientras entonan canciones de guerra con melancolía, y sigue expandiéndose hasta los grises muelles de Malta y las cumbres heladas de la cordillera de Altai en el este. en algún lugar detrás de Žrnovnica, el abuelo, como una vieja lagartija, arruga lentamente la frente seca y agrietada y entrecierra dolorosamente los ojos porque los zapatos estrechos le hacen daño, aquel maldito calzado que tiene que compartir con su primo hermano, el herrero, que obsesivamente roba (¡aunque ni siquiera él mismo sabe que hacer de ellos!) pinzas oxidadas y clavos de hierro del despacho empolvado de la central hidroeléctrica. al mismo tiempo, en un salón en Dedinje, Tito está bromeando con los compañeros del Comité Central mientras prueba la nueva y niquelada máquina torneadora, pulida como el escroto de un perro. desde todas las partes del país generaciones de caras largas, calcadas a las de Modigliani, construyen el socialismo, el cual lenta pero incansablemente, como el goteo del vitriolo, los va corroyendo. mientras, en la cabeza del padre, el mundo sigue expandiéndose hacia lo desconocido, flotando como una medusa transparente, el hijo sueña con un nuevo modelo de moto DKV, negro y brillante, como los tacones altos de Silvana Mangano, y poderoso, como el hábito desatado de don Jerko. en mis pensamientos sigo vigilando a aquel joven —porque no me queda más remedio— ya que sé que el camino que tiene por delante es largo e imprevisible. le diría que se relajara y que tarde o temprano todo acabará encajando en su lugar, sin embargo, las palabras no me salen de la boca: quizás es porque todavía ni siquiera la tengo, porque yo tampoco estoy como debería, porque todavía… no existo. La lírica endocrina en el año 1934, después de la muerte de su mecenas, la cual había sustentado tanto sus escritos como su actividad política durante 40 años, viejo y solo, el premio Nobel W. B. Yeats, empezó a padecer hipertensión, y su corazón se debilitó hasta tal punto, que incluso su vigor creativo llegó a ser puesto en duda. sin embargo Yeats, ese místico tan contrario a cualquier forma impersonal de la ciencia, oyó hablar de un tratamiento de rejuvenecimiento y, a pesar de que horrorizaba a sus amigos, encontró a un sexólogo australiano en la calle Harley de Londres, el cual, en la primavera de aquel mismo año, le hizo la llamada intervención de Steinach (una variante de vasectomía, que supuestamente hacía renacer el instinto latente, experimentada por primera vez en Viena). la intervención debió de ser un exitazo, ya que en las cartas a sus amigos William orgullosamente sostenía que su deseo sexual había vuelto, y que estaba enamorado de la joven y talentosa poetisa Margot Ruddock, de apenas 27 años, frente a sus maduros 69. los cínicos dublineses enseguida lo rebautizaron como el Viejo Hombre Glande. lo importante, de todas maneras, fue que W. B. volvió a escribir poesía. uno de aquellos nuevos poemas, titulado La espuela, dice: Piensas que es horrible que lujuria y cólera deban bailar al son de mi avanzada edad. No eran tal peste cuando yo era joven; ¿Qué otra cosa me queda para hostigarme a cantar? poco después William recopiló también el Oxford Book of Modern Verse y empezó a trabajar en la nueva edición de sus Poemas, con tal fervor, decían los testigos, que parecía ¡cómo si hubiese firmado un nuevo contrato con la vida! cinco años más tarde ese acuerdo fue roto a manos de un infarto —of all places— en la Riviera francesa. Durruti 1936 el héroe-gamberro, el líder anarquista, el hijo de un ferroviario, el guerrillero de ojos de niño y cara medio salvaje, el proletario-propagandista, Buenaventura Durruti insistía en la claridad de expresión y en su pureza más que en cualquier otra cosa. cuando él tomaba la palabra, todos entendían de qué hablaba. Emma Goldman lo describía como una genuina colmena de actividad que, aparentemente, siempre estaba de buen humor. la Columna Durruti se fundamentaba en el espíritu libertario y el sacrificio voluntario. en la calle Layetana, a su funeral, que majestuosamente envolvió Barcelona en rojo y negro, afluyeron 500.000 almas grandiosas. hasta el cónsul ruso se conmovió profundamente a la vista de aquella muchedumbre con los puños levantados mientras juraban por aquel anarquista que creía que solo los generales gobiernan con la fuerza, y que la disciplina, como un destello de iluminación, solo puede venir desde dentro.
|