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No. 39 / Mayo 2011 |
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Ángel Campos Pámpano
Compañeros de viaje
Me llegué a la ciudad con el frío de las mañanas de viaje para ver los colores de las casas: la lentitud del rosa ensombrecido de sus fachadas, la luz blanca o dorada de las plazas vacías tras la lluvia, en la tarde. Buscaba mi lugar, perseguía un texto que había perdido (leído) en algún sitio. Anduve hasta el muelle. Lloviznaba. Y, allí, solo, en el muelle sin nadie, recordé en voz alta el comienzo de la Oda Marítima.
(De La ciudad blanca)
No sé si diga que el poema existe en la línea de sombra, en el rumor de límites que la imagen convoca y allí aguarda, incierto todavía, una mano de nieve que acierte en su lectura, que descifre su voz, que nos lo acerque y lo haga necesario, inútil como un dios, en la memoria.
Conforme a la costumbre antigua de su oficio, las palabras anuncian el drama lentamente. Ocupan los objetos y enseguida los niegan. Se dan al desamparo de los nombres perdiendo el tiempo si fabulan historias que no existen. No es casual que a veces procuren el poema, la vigilia, la muerte, la idea de la rosa.
(De Siquiera este refugio)
La Nieve sólo una vez viste la nieve el blanco de la nieve su fulgor una mañana juntos en el umbral de casa vino a posarse en las aceras qué era ese frío qué anunciaba ya vestías de negro y apareció la nieve y te cegó los ojos (yo había estado leyendo entrada ya la noche al chileno Nicanor Parra quien cuenta en un poema que el joven Pushkin poco antes de morir asesinado en las afueras de San Petersburgo nos dejó la semilla enterrada en lo blanco de las palabras con las que el poeta se despedía de la vida Empieza a caer otro poco de nieve ) enmudeciste entre el azul y el blanco de ese día en la mañana sólo el negro de tu ropa ahí en medio de la calle apenas si podías inclinarte para tocar la nieve desconocías el secreto de tanta luz agolpada en tu puerta no sentías el frío bajo tus pies sólo el crujir del blanco su transparencia eras feliz me tomaste la mano sonriendo de vuelta a casa y tu mirada ardió tan luminosa que hizo brotar de nuevo la semilla la sangre las palabras de Pushkin cubiertas por la nieve
(De La semilla en la nieve)
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