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raros-efrain-huerta.jpgMis mejores cinco poemas


Nota de Efraín Huerta a Raúl Ortiz Ávila


“Estos poemas son mi vida, la realidad que yo conozco. En general, hablo, como Pablo, DE COSAS QUE EXISTEN.  No invento, palabra. Ahí está mi brindis por la muchacha ebria. ¿Se llamaba Lucía? Ahí está esa región de ruina, con todos sus elementos, con todos sus materiales. Ahí está eso, Raúl, te juro que no puedo decir más.”


Suplemento de cultura de El Nacional, domingo 11 de febrero de 1945.

No. 70 / Mayo 2014


Mis mejores cinco poemas, Efraín Huerta


Esta región de ruina


           -I-
Nada ni nadie aquí,
bajo este vientre o cielo a fuego lento.
Nada, tan sólo el bronco sueño de los desarraigados
alienta, se agita en esta blanda región
contradictoria, de niebla y besos,
de voluptuoso vaho sobrehumano
y voraz, como si flores turbias,
alcohol y muerte a ciegas la nutriesen.

Nada, como no sean latidos presurosos,
fieles propósitos de ruina,
se puede concebir donde las almas
a dura lentitud pierden su esencia.

Nada, sino murmullos y espléndidas blasfemias
germina en esta zona sin destino,
aguda en las pasiones,
la ira tenebrosa
y el cántico sombrío.
(Suena a orilla del crimen.
Pero es el grave sueño,
el metálico sueño.)

Los hombres tristes y los niños tristes
huyen del natural, sereno y leve
concepto general de la existencia.
Son briznas al azar
o nubes desvalidas
crispadas de miseria.

(No hablo del reposo a cierta luz
ni de la encantadora melodía
de las sábanas claras,
ni me refiero a la frondosidad,
a ese fácil verdor de los jardines
donde vibran mujeres
de anchos ojos azules
–y un niño es un espejo.)

Esta región de ruina,
esta fragilidad de pecera o camelia,
no permite que nadie
manifieste su íntima dolencia
sin sollozar en sangre,
mansamente;
esta pequeña tierra de perfecta tibieza,
este agrio transcurso de agonías,
es, en puras palabras,
la antigua,
la agotada raíz de la ciudad.


           -II-
Ahora bien,
aquí el sueño es el sueño,
la muerte sólo es eso: seca muerte.
Muerte por los motivos que tú quieras:
por un clavel pisoteado,
por un beso en un hombro,
porque unos ojos verdes brillan más que otros ojos verdes,
porque tu mano es una mano tonta
incapaz del estremecimiento brutal
y de la caricia lánguida y perezosa;
porque simulas benevolencia,
porque ignoras la gracia de la embriaguez
o porque tu rostro no oculta la compasión,
y porque, en fin, tu reino de acuarelas,
tu música y tus pupilas de madura lluvia
no pertenecen a esta república de llanto,
a este húmedo bosque desfallecido,
aniquilado por desprecios;
a esta región de cobre
donde una madrugada de junio
soñé con la victoria…
Y era tu suave voz
llamándome a la vida.




La muchacha ebria

Este lánguido caer en brazos de una desconocida,
esta brutal tarea de pisotear mariposas y sombras y cadáveres;
este pensarse árbol, botella o chorro de alcohol,
huella de pie dormido, navaja verde o negra;
este instante durísimo en que una muchacha grita,
gesticula y sueña por una virtud que nunca fue la suya.
Todo esto no es sino la noche,
sino la noche grávida de sangre y leche,
de niños que se asfixian,
de mujeres carbonizadas
y varones morenos de soledad
y misterioso, sofocante desgaste.
Sino la noche de la muchacha ebria
cuyos gritos de rabia y melancolía
me hirieron como el llanto purísimo,
como las náuseas y el rencor,
como el abandono y la voz de las mendigas.

Lo triste es este llanto, amigos, hecho de vidrio molido
y fúnebres gardenias despedazadas en el umbral de las cantinas,
llanto y sudor molidos, en que hombres desnudos, con sólo negra barba
y feas manos de miel se bañan sin angustia, sin tristeza:
llanto ebrio, lágrimas de claveles, de tabernas enmohecidas,
de la muchacha que se embriaga sin tedio ni pesadumbre,
de la muchacha que una noche —y era una santa noche—
me entregara su corazón derretido,
sus manos de agua caliente, césped, seda,
sus pensamientos tan parecidos a pájaros muertos,
sus torpes arrebatos de ternura,
su boca que sabía a taza mordida por dientes de borrachos,
su pecho suave como una mejilla con fiebre,
y sus brazos y piernas con tatuajes,
y su naciente tuberculosis,
y su dormido sexo de orquídea martirizada.

Ah la muchacha ebria, la muchacha del sonreír estúpido
y la generosidad en la punta de los dedos,
la muchacha de la confiada, inefable ternura para un hombre,
como yo, escapado apenas de la violencia amorosa.
Este tierno recuerdo siempre será una lámpara frente a mis ojos,
una fecha sangrienta y abatida.

¡Por la muchacha ebria, amigos míos!




Cuarto canto de abandono

Estoy muriendo solo de veloces venenos
mezclados con un llanto perfecto de agonía.
Estoy con las heridas claras del abandono
y el repetido canto burlón de la ceniza.
Estoy bañado en tristes, crueles desesperanzas,
cual brillo desmayado de virtud en derrota.

Estoy con una mano señalando la aurora
y el corazón cansado de su tímida sangre.
Estoy como gritando por el frío y la pena,
siendo nomás un leve pétalo de violeta.

Estoy nadando en brumas, crucificado en la
deshecha adolescencia que viví sin saberlo.
Estoy en lo que dicen las ventanas abiertas:
palabras, desconsuelo, doméstica lujuria.

Estoy cargado de odio y bien encarcelado
por aniquilamientos, abandonos y noches.
Estoy, secos los labios, interrogando a nadie
por mi destino idéntico a bandera raída.

Estoy sólidamente pegado a la tristeza
y en trance melancólico de no poder llorar
por tu ausencia de estrella, maravillosa mía,
por tu voz infinita como sudor que brota
cuando somos campanas en desorden y besos,
por tu fina traición a las lluviosas tardes
en que comíamos uvas y redondos granizos.

Estoy muriendo solo de veloces venenos
mezclados con un llanto perfecto de agonía.
Estoy chorreando lenta, penosísima angustia,
como ahogado que mide el espesor del mar.
Estoy en el confuso día sin equilibrio
y caen las mariposas como perfume seco.
Estoy con ese húmedo destello de la muerte
con fuerza que es latido de párpados calientes.

Estoy sin juventud, dolido, inexplicable
como fiebre en el mármol o rosa desteñida,
con las manos abiertas a la dicha del mundo
y una quietud mortal en el alma quemada.




Elegía y esperanza

De ciudades de luto, caminos y prisiones,
de la llaga más negra del Continente oscuro,
como de una profunda llanura de agonía,
viene el doliente canto, la palabra más sabia,
el antiguo discurso de las víctimas.

Blanca y azul de cielo, la voz entrecortada
y perseguida viene dejando roja estela,
roja estela por donde los látigos de fuego
deslizan su terrible cuerpo de asesinato.

Suena a sabiduría y alienta eternidades,
siglos bajo la sombra, al pie de los incendios.
Voz de siempre, latente, la voz de los pastores,
la primitiva voz de Isaac y de Ismael.

Es la voz de las víctimas, el brillo de cuchillos,
el sollozo de miles caídos en Varsovia.
Pero donde los nazis hacen crecer el humo
nace la dulce música del vientre de Raquel.

Es el canto de angustia, de fiebre, de tormento.
Es la oración divina, el llanto de Israel.
Pero donde los nazis matan una sonrisa
surge el claro murmullo de un rebaño de ovejas.

Es la expresión severa del pueblo torturado
cuya vida es un río de promesas rebeldes.
Pero donde los nazis ahorcan una virgen
brota la flor del trigo y se reparte el pan.

De lejanas ciudades llega la voz antigua:
viene a cubrir con lágrimas el árbol que no muere.
Y allí donde los nazis alzaron una hoguera,
allí donde los hombres de la sangre más noble,
los hombres de la música y de la poesía
cayeron como plantas,
allí sobre esa tierra de tortura y cenizas,
volvió a la luz el canto y la esperanza fue
como una luminosa profecía estelar.




Elegía

Ahora te soñé, así como eras: sin deslices en la voz,
con inmóviles sombras en los brazos
y tus geniales segundos de estatua.
Así como eres todavía: copiándote a ti misma,
cuando no eres ya sino la espuma de tu propia vida.

Bien te sentí en mi sueño como verso divinizado.
Mi tristeza no cabía en el fondo de mi dolor
y fue a manchar la noche de violeta.

El propio ruido de tus piernas habría despertado
los estanques, los recuerdos que a veces olvidamos en los huecos de los jardines,
las horas que nunca fueron más allá
de donde hoy se desangran segundo por segundo,
el silencio de muchas ventanas,
antiguos y pulidos razonamientos, montañas de destinos.

De un seno tuyo al otro sollozaba un poco de ternura.

Anoche te soñé y no puedo decirte mañana mi secreto
–porque el amor es un magnífico manzano
con frutos de metal envueltos en piel de inteligencia,
con hojas que recuerdan gravemente el futuro
y raíces como brazos sumidos en una nieve de santidad–
la misma ruta de mis dedos no podría encontrarte
ahí donde te guardas tan perfecta.
Yo no sabría elegir sino violentamente mi presencia:
te llenaría de asombro; acaso tu memoria no me crea.
Mi fatiga te gritaría un absoluto amor.
Por el cristal de aumento de la luna
la sonrisa de Dios estallaría.

Y mi cuerpo se deshace en gotas de mañana.



PDF del recorte de prensa original