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Séptima entrega |
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![]() (1981; reside en Trelew) Arte poética La poesía viene después. Antes están los eternos compañeros, las miradas de los hijos, los viajes extendidos por los hombres, —entre sus sombras, sobre sus cuerpos, por sus historias otras—. Y la palabra —siempre— vendrá después: antes la lluvia, el desplazarse. Vivir migrando entre lo propio más ajeno: en las ausencias, en los despojos. Porque si viene, aunque tardía, toda palabra llegará únicamente para calmarnos. Antes la sed. Antes, la vida. No Naceré aloscuro No aclamarán tambores mi presencia. Ni habrá discursos patrios ya. No vengo a ver vivir, ni a financiar mi muerte. Vine a surgir sin brisa que me empuje sin bronces que me auspicien. Sabía del silencio y la impostura, he conocido del corazón gimiente. Compondré mis canciones en sus jardines de otoño, con sangre y sello propio. Y después: luz desde agónicos ríos, aguas de lluvia urgente que beber, golpes de corazón pujando al tiempo bailes —paganos bailes que molesten— No gustarán sus aires mi respiro. Ni segarán la tierra. Ni dormirán en paz. Ni calmarán su sed de siglos. Saludaré la luna y el invierno. Comeré de los soles sus sentidos. Nunca pedí permiso. Los vastos territorios son el fuego en que me quemo/ en que renazco y no hay espera. Los niños nuevos El rostro noble de un hijo nuevo estalla como colores, arcos de iris verdes, refracciones de luz. Estalla como caminos plenos con avispados sauces, que -felices- se sublevan, Galileo. El rostro nuevo de un niño noble remonta barriletes por los azules aires en la siesta y vuela hacia lo lejos, para poblar con panaderos el invierno. El rostro niño de un hombre nuevo restaura barcos de guerra, heridas, ausencias tantas: huecos sociales. El rostro hombre de un niño nuevo nunca podrá brillar, curar dolores, beber agua de manantial, regar sonrisas contar o crear cuentos —nunca jamás—. Los niños nuevos tienen la libertad de andar carita al viento con todo el sol que ampare sus siluetas correteando hacia el atardecer de la mirada del adulto que más tarde serán sólo más tarde—. Poema para la Resistencia El niño que yo fui no entró en El Capital ni en calles del martirio ni humedeció brillojos-de-tristeza. Tuvo su barco de papel y alguna vez dolió palabras en su cuerpo. El otro niño —niño mismo—, canciones y poemas tuvo. Agua de lluvia que beber, papá y mamá en la tempestad brazos, caricias. El hombre viejo de hoy indaga en el espejo, y ríe. Termina este poema y tiende un mundo pleno de palabras para el niño que espera el barco que le salve del olvido. |
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