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Margarito Cuéllar (Ciudad del Maíz, S.L.P. 1956. Transita de un lugar a otro, principalmente entre Monterrey y la Ciudad de México)
Vocación A Eduardo Lizalde
Lo que me mueve en realidad, hermanos es el amor. Si la carnívora no lo mereciera no le daría granola y miel por las mañanas no le rasuraría el césped por las noches —que aquí entre nos, abunda y no es tan crespo como dicen— No enjuagaría su pelo con shampoo de linaza ni la vestiría como a una reina desnuda. Lo confieso, apátridas, no existe el odio; mas el perdón tampoco. De los arrepentidos no se vale nadie. El rencor es música de adioses. No existe el odio, digo. La muerte más fina pare amor. Los perros no se aman, se mastican. A veces el aliento de las bestias huele a sándalo. El que te injuria en realidad te aclama y declara su amor con su torpeza.
Monólogo de la bicicleta
Por la mañana, antes que salga el sol, despierto a mi bicicleta. No es bueno para el país que las bicicletas duerman tanto. Antes de ir al trabajo damos un paseo. Todos envidian mi bicicleta roja como un gajo de sol. Al mediodía toma sus alimentos. Las bicicletas comen una vez al día. No es bueno para el país que las bicicletas coman tanto. Por la tarde paseamos por la playa. El mar nos deja su marea lenta, las olas altas su collar de espuma. De paso por la ciudad: los bares, las muchachas, el silencio líquido de la cerveza. Un día tomará el camino más largo y volverá con una o dos bicis pequeñas. Seré como un abuelo, un vendedor de biblias o un ciclista en su taller de baicas jubiladas.
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