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No. 77 / Marzo 2015 |
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Ana María Vargas Vázquez (Guadalajara, Jalisco, 1982) II) Abro el libro. Todo en silencio, pero en la distancia el sonido de las cosas que transcurren; la vida y sus mantos son las escrituras y mortajas del tiempo. La vida en el libro. El libro como la frágil encarnación el vértigo, la incandescencia vital de las torres que nos levantan. Los llanos. Aguardo cada instante desde la blancura encendida de las palabras, sus gestos desgarrados. Los árboles que son el santuario y la experiencia, la sombra que nos acoge bajo el sol y esparce nuestras semillas. El libro está en la vida. Una larga raíz que nos dicta el transcurso de las ramas, las manos que vociferan la forma inmensa de las cortezas, los pájaros que se abren lentamente. Vivo el libro. Lo traduzco en esa señal de soles que se desbordan, esas sílabas que son la arquitectura y la llama que recién nace: la dialéctica, la ondulación de los signos. La vida es una aparición desnuda sobre el papel, las hojas, la imperfección del camino sobre el que escribo. La vida en la que me caigo, su inmensidad, la isla de las miradas despiertas que me asombran y decapitan. Me abro yo. Se abre el libro como un traje que se piensa, como la ropa sobre el cuerpo que es una lámpara encendida y nos cristaliza en el invento que es el libro. Invento que se inventa en la contemplación de viejos autorretratos. Libro. Libro. Libro mi huella, el jardín de la galería que conozco y desconozco, casa habitada; libro familiar de las profundidades. Abro el libro: las páginas me acuchillan y exponen la congregación de las entrañas; es el libro que me denuncia en la caligrafía dormida de lo que se pierde; libro la identidad la nada. |